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Juan Pablo Descalzo

(…) en este juego los gordos son malos y los no gordos no.

T.S


   Si él hubiera sabido que la gorda transpiraba tanto porque además de ser gorda y estar en la bicicleta con tanto calor tenía problemas en el corazón, que los arrastraba desde hace años cuando había encontrado al marido ahorcado en el patiecito del fondo, después de lo que según las distintas versiones de quienes deambulaban por el gimnasio, la gorda le había dicho al marido que estaba podrida de verlo todo el día ahí sentado y que hasta ella gorda como era y reacia al ejercicio como era (o como dejaría de ser luego del  trágico desenlace) así y todo hasta a ella se le hacía difícil sentir algo por él, que ahí tirado se avejentaba mientras veía cómo pasaba el tiempo frente a su cara o como le había dicho la gorda, según lo que contaron, que el tiempo le pasaba frente a la cara y que él no hacía nada para recuperarlo , si después de eso que muchos coincidían en que había sido el último diálogo del marido de la gorda, porque no podía soportar que alguien con tal masa corporal venga a burlarse de su inactivismo y porque no era tan quedado como parecía porque las mujeres siempre exageran todo, que solo estaba así de quieto desde hacía menos de un año desde el momento mismo que había perdido su lugar de trabajo en no sé cuál fábrica de insumos de autos y que así inactivo y todo tenía un seguro de desempleo que era obvio alcanzaba para mantener a ambos, y seguramente a nadie más porque la gorda, se le notaba en la cara, tenía cara de infértil, cara de que aunque por más que hubiese sido bombardeada sexualmente una y otra vez por especímenes humanos de todas las razas, que así todo el útero de la gorda era incapaz de almacenar algún feto durante un par de meses para alcanzar a formar alguna criatura seguramente horrible, seguramente llorona, seguramente imbécil, seguramente huérfana de padre, de amor y de tratos, porque eran ya grandes para saber lo que significa traer una criatura al mundo, tema que la gorda, -además de transpirar- sacaba a la luz cada día en el gimnasio con sus quejas al estado actual de la gente, de la pérdida de valores, de la pérdida de sensibilidades, de la pérdida del respeto, eso porque nadie jamás de todo ese pulular infesto de gente que visitaba a diario (y no tanto) el gimnasio de rehabilitación la había hecho callar diciéndole que se calle porque no traía un hijo al mundo porque no podía, porque era incapaz de conseguirlo ella y su marido o su marido solo, o ella sola y que no le echase la culpa al mundo de todo lo que le pasaba a ella, y claro que tampoco era un chisme que corriese tan ligeramente como después de la muerte de la gorda el hecho de que la gorda ya era viuda desde hacía casi cuatro años y que entonces la imposibilidad de traer vida al mundo se hacía cada vez más difícil porque ya no tenía quién se ofreciera a llenar sus miembros de esperma para darle un hijo para traer al mundo, y claro que la gorda lo sabía a eso, lo que capaz también había sumado además de su culpa interna por el suicidio de su marido y por  el hecho de su condición cardíaca inestable y por las tardes santafesinas y por el calor y por la humedad y porque estaba en la bicicleta fija transpirando como solo ella (o alguien de sus dimensiones) podía hacerlo y si se sumaban todas esas causalidades daba como resultado que la gorda no podía durar mucho más tiempo, no porque se le notase en su cara, dado que si algo sabía hacer la gorda era mostrar una fachada completamente falsa al mundo ofreciendo siempre una sonrisa levemente dibujada cuando nadie sabía (o algunos sí, pero decidían callarlo) que la gorda se sabía fracasada, que su única ambición como mujer, como viuda y como gorda era tener un hijo para no sentirse tan sola tan viuda y tan gorda y no podía conseguirlo, entonces era cuestión de tiempo que el corazón le dijese “no va más” y parase de bombearle sangre a sus extremidades trémulas, gordas y transpiradas por la bicicleta y el sopor primaveral litoraleño y entonces la gorda había caído desmayada ahí mismo, pero claro que el gimnasio es un poco careta y está administrado por un médico que la atendió de inmediato y la subió todavía con vida, todavía viuda, todavía gorda y todavía transpirada pero no todavía consciente a una ambulancia que la sacó enseguida de ahí, pero todo esto él no lo sabía porque los martes se dejaba echar en su casa y decidía no ir al gimnasio, y se habría de enterar de todo esto cuarenta y ocho horas después cuando le contase los pormenores de la historia de la gorda y su lánguido corazón, y que la ambulancia que la llevaba había roto el sopor siestero de la ciudad con sus aullidos insoportables signos de un apuro que podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte y que así apurada y todo la ambulancia había llegado al sanatorio con la gorda aún viva pero por poco y que las horas posteriores, el calor,  y una larga cadena de factores externos habían hecho que el corazón de la gorda no diera más y haya claudicado a su trabajo monumental de bombear sangre durante todo el día sin intervalos, o al menos algunos pequeños, debido al pequeño soplo que ya se había manifestado en el aparato circulatorio de la gorda y que la gorda simplemente haya dejado la vida casi cuatro años después que su marido y casi cuatro años después de aquel primer incidente vascular debido a los nervios y al karma interno de sentirse en cierta forma responsable por el suicido de su marido, casi también cuatro años después de que un médico le había recomendado que haga algún tipo de actividad física para ayudar a ese pequeño corazón desgastado; y si él hubiera sabido que ese médico que le había recomendado la actividad física era el mismo que manejaba el gimnasio y que había recibido a la gorda hacía ya casi cuatro años, quizás hubiera podido entender que la gorda no era una gorda cualquiera, sino la gorda del gimnasio, esa especie de gordos buenos que se saben ganar el corazón (paradoja de destino sin lugar a dudas) de los demás y que el mismo médico la había “adoptado” como si fuese su madre o la hermana gorda, quizás, entonces serviría para entender por qué motivos el gimnasio estaba cerrado el miércoles, obviamente que si él hubiera sabido todo eso, no habría hablado mal de la gorda, o al menos no con el encargado del turno noche que al parecer le había soltado la lengua para hacerlo hablar mal, y él había entrado como un iluso, si hubiera sabido todo eso, quizás hubiera imaginado que el día en que el corazón de la gorda quedase cesante, el gimnasio hubiera hecho un gesto inauténtico de duelo y entonces él no se tendría que haber ido a correr al parque del sur porque no quería bajar su ritmo de las últimas semanas en el que nuevamente rompía sus propios records en un ardid sobrenatural de esfuerzos, sudor y tenue olor a chivo, porque sabía que podía seguir mejorándose, porque notaba que volvía al estado natural de hace un par de meses cuando todavía su accidente en los pies no lo habían alejado de correr, cuando sus pies sofocados por una caminata sin rumbo habían marcado un stop en su cotidaneidad y al igual que el corazón de la gorda lo habían obligado a parar y lo había dejado más de un mes sin poder correr, porque si todavía aún hoy tenía la uña carcomida por la sangre, sus pies ya se habían deshinchado y las uñas ya a punto de caerse dejaban de doler y dejaban de molestar contra el marco irregular de sus zapatillas nuevas azules que tanto había tardado en elegir justamente por el tamaño inflamado de sus pies y sobretodo de sus dedos; si él hubiera sabido que en lugar de ir a correr a una cinta fija con los auriculares puestos, terminaría corriendo en el parque del sur, seguramente hubiera llevado la botella de agua que solía usar cuando salía a correr al aire libre porque esa era la rutina cuando salía al aire libre, hubiera ido entonces directamente al parque en colectivo y no en bicicleta como en esta ocasión en la que la corrida por el parque del sur  era fruto de una serie de eventos aislados que se concatenaban para joder su ritmo diario y todo lo que conllevaba perder un día soleado para salir a correr; si él hubiera sabido además que a metros de donde estaba encadenando la bici, bajo ese fresno cuneiforme que apenas si dejaba un lugar de sombra para que la bici no quedase en el sol, habían tirado en esa bolsa de consorcio algún animal muerto, se habría movido de lugar, porque había sentido el olor a descomposición que porta sobre sí un animal muerto, pero no se había percatado de que estaba a apenas 4 o 5 metros de donde intentaba atar la bici, no habría tenido entonces tantas arcadas y su mente no se hubiera invadido durante toda la tarde con pensamientos sobre cuerpos en descomposición, y no se hubiera puesto a pensar en el hecho espectacular y repugnante  a la vez de la cualidad casi única que poseía el olor a descomposición que de tan fuerte y tan asqueroso, tan fuera de este mundo de vivos, inundaba cada uno de sus canales de respiración y actuaba ya no sobre el centro del olfato como cualquier otro olor pútrido sino que poseía la especificidad de trabajar sobre su zona digestiva creando movimientos espasmódicos y de arcadas en su cuerpo, y pensaba entonces en cuán poderoso era el olor  que hacía doblar organismos enteros en movimientos de arcadas y de qué manera algo que solo ingresaba al cuerpo por los pequeños orificios de la nariz alteraban su organismo de manera significativa al menos durante el tiempo en que el movimiento del reflujo de la arcada ocupaba su cuerpo, y cómo y de qué manera un cuerpo que seguramente hasta hace días olía bien (o al menos no tan desagradable), entraba en ese estado de descomposición fétida, desagradable y maloliente y entonces se le había ocurrido pensar cuánto tiempo llevaría su propio cadáver en oler de esa forma y que no quería que nadie tuviese que soportar esa pestilencia y que de ser necesario, una vez muerto donaba su cuerpo para que lo incineren de inmediato antes de lograr ese efecto desagradable sobre los demás, pero pensaba así que la  cremación era un acto de cobardía, de desprenderse enseguida de los restos de alguna persona y hubiese preferido entonces ser incinerado al aire libre, donde las llamas abrasasen de manera completa su cuerpo ya muerto, ya inerte y pensaba así más que en una mera cremación, en algo así como una muerte honorífica vikinga, subido a algún elemento de navegación ya sobre el agua, claro que no podía no imaginarse en otro lugar en ese momento que no fuera sobre las aguas calmas, sin corriente del lago del parque del sur,  y no podía entonces no imaginar su cuerpo prendido fuego- sobre ese lago circular, aburrido, oloroso, largando llamas de metros y metros de altura sobre su cuerpo que ya chamuscado, o a punto de chamuscarse empezaba a largar un olor a quemado extraño, o más bien un olor a cocinado, porque también pensaba que el cuerpo humano incinerado sin lugar a dudas debía largar algo así como olor a asado de domingo al mediodía, y empezó a reírse mientras corría, imaginando vecinos de la zona jactándose del olor a asado que olfateaban cuando en sí no era más que el olor del cuerpo del ser humano, y pensó que ese momento de deseo era entonces junto al momento de la comunión o en los ofrecimientos amorosos donde el ser humano abandonaba su estado evolutivo y cedía a los impulsos propios de algún caníbal que se jactaba de querer comer a otra persona o se contentaba con el solo hecho de oler la carne quemándose lenta y progresivamente, pensó entonces también que de haber sido víctima de algún ataque caníbal, afortunadamente se contentaría con saber que los demás no podían sacar mucho de su cuerpo flaco, ya sin nada de carne para roer y pensó que esa sería su venganza sobre el canibalismo; si él hubiera parado de reírse aunque sea medio segundo antes, o al menos no parado de reírse, sino más bien  concentrado un poco más en su actividad, no solo se hubiese dado cuenta de que venía por debajo de la marca esperada, sino que también seguramente hubiese prestado atención a esa piedra que sobresalía de las baldosas rotas víctimas de años y años de pisotones y no se hubiera doblado (o al menos no de la manera en que lo hizo) su tobillo izquierdo y no hubiese imaginado de manera mediata que el dolor no le impediría seguir, y no hubiese intentado inútilmente seguir aún por más que el tobillo le decía que frene ante cada paso nuevo que daba con ese pie, y por más intentos vanos de pasar todo el peso del cuerpo al otro pie, quizás hubiera podido seguir al menos con una caminata rápida intentando completar la primer vuelta al lago y no habría debido parar debido al esfuerzo, sentarse,  sacarse las zapatillas, sacarse las medias y acomodarse el tobillo con intentos durísimos, y quizás no le hubiese dolido tanto; y si él hubiera sabido que de frenarse como se frenó, habría sentido la brisa fresca que traía el lago se hubiese quedado allí, estático, impávido sentado sobre un banquito que apenas se sostenía en pie, quizás habría llegado a casa más temprano para ponerse hielo y evitar así la hinchazón posterior, los dolores consecuentes y lo que era aún peor, un inminente parate en sus corridas al menos por unos días; y si él hubiera sabido que al quedarse sentado hubiese quedado obnubilado por la belleza que tenía el parque a esa hora, donde los rayos del sol un poco naranjas, casi rojizos, caían de manera oblicua sobre el lago inerte, y que la leve brisa movía las copas de los árboles en un ritmo cadencioso y armonioso orquestado a la perfección, si más todavía, hubiera parado un rato a ver la cantidad de personas que se congregaban para correr ahí y hubiese dedicado aunque sea solo un minuto a pensar que en ese confín sureño tan abandonado, la civilización todavía despertaba en él intereses diversos, y lo atraían de una manera extraña; si él hubiese al menos detenido su pensamiento previo y hubiera llegado a imaginar que por el hecho de que el corazón de la gorda se haya detenido, él terminaría enamorándose del parque del sur, de su quietud y de todo lo que representaba, y no se sentiría tan ansioso de volver a correr allí a pesar de que el gimnasio volviese a abrir; si al menos él hubiese imaginado aunque sea un solo segundo  que el esfuerzo de escribir sobre el parque del sur lo consumía y se le escapaba de la manos y que era un mero intento de escribir sobre algo que no podía porque no podía, si él hubiese al menos imaginado, o no ya solo imaginado sino más bien recordado, o al menos presentificado, que solo otros antes podían escribir sobre el parque del sur y sobre casos de ignorancia sin caer en la pedantería, jamás se hubiese levantado de aquel banquito y jamás se hubiese gastado en ponerse a escribir las razones que llevaron desde el suicidio de un hombre desconocido años atrás a la torcedura de un tobillo y la correspondiente consecuencia de no poder salir a correr y quedarse sentado frente al cursor titilante de la PC; si él hubiese sabido todo eso, jamás entonces se habría sentado a contar sobre el cuerpo transpirado de la gorda.