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ROJO

Emiliano Rodríguez Montiel

   Renzo le dio clases a Julia durante dos años. En ese tiempo ocurrieron las cosas más importantes de esta historia. Julia, al llegar a su casa después de la primera clase, agarró la billetera del padre, le sacó una suma exagerada y se fue corriendo a la librería del centro, en colectivo, llevando anotado en la palma de la mano el nombre de la novela que había «herido» al profesor. Usó ese verbo: herir. Cuando lo dijo Julia se lo imaginó todo rojo: el libro rojo, las paredes rojas, la remera y el pantalón de Renzo rojos, sus ojos rojos, los zapatos de Renzo rojos y un gran charco de sangre roja en el centro de la escena. Renzo, en cambio, después de aquella primera clase, se encerró en su pieza, falseó la hora del día corriendo las cortinas y se acostó a rebobinar todas las imágenes que había capturado de su alumna. Julia en la primera fila, junto al pizarrón, esperando que empiece la clase. Las cejas de Julia, en la primera fila, junto al pizarrón, recuperándose de la maratónica sesión de depilado. La boca de Julia, en la primera fila, junto al pizarrón, acolchonada sobre una manteca de cacao recién estrenada. El pelo de Julia, en la primera fila, junto al pizarrón, coqueteando con la chomba blanca escolar sobre sus hombros.

 

   Esa misma noche de la compra la mamá de Julia la sorprendió en su pieza, a las dos de la mañana, sentada en la cama en posición de loto, mirando el libro con una distancia y atención insoportables, como si estuviera meditando por dónde empezar a descascarar al profesor. Comenzaba para ella un circuito ilegal del amor cargado de malentendidos, mensajes cifrados, horas de espera, manos mojadas y llanto. Julia con Renzo lloraría. Antes y después. Sería su modo de ser el mundo durante todo el tiempo que estaría con y sin él. Asistiría a todas sus clases, leería devotamente el cuadernillo y los apuntes y se entregaría a un ritual cosmético e higiénico exhaustivo todas las noches. Crema, piel, uñas, cejas, shampoo, perfume, sábanas, sabor uva, sabor frutos del bosque, pinzas, cortaúñas, cera, dolor, sonrisas, lectura, ignorancia, preguntas, color blanco, remera larga estirada, color piel, bombacha, ovillo frente a la pared.    

 

   Se vieron por primera vez, fuera de la escuela, a cinco días de terminadas las clases. Acordaron la cita el último viernes, cuando Renzo se metió en un recreo al aula de 5° C, se excusó con un balbuceo ante los dos o tres misántropos que usaban el aula como patio y le dejó una nota a Julia adentro de la cartuchera. Al tocar el timbre de salida, Julia lo esperó sentada en su banco. La conversación fue, estrictamente, breve. Julia, asustada, con un nudo en la garganta y casi toda la espalda transpirada, no pudo pronunciar más que monosílabos. Renzo, sabiendo que era la primera vez que se exponía como civil, sin el aura profesoral, frente a Julia, se encargó como pudo de los detalles: sería el próximo martes, a las 18 hs, en donde ella quisiera.

 

   Ese martes Renzo y Julia caminaron tres cuadras hasta llegar a la plazoleta del barrio. Julia se había puesto unas ojotas amarillas, un short de jean claro y una remera cuello de bote blanca con un estampado de gato bermellón. Era la primera vez que Renzo la veía sin el uniforme. Llevaba el pelo suelto y en las manos únicamente las llaves de su casa. Olía bien y no estaba nerviosa, ni siquiera incómoda o callada; de hecho, fue ella la más habló en las dos horas que duró la tarde, moviéndose entre los temas con una habilidad sorprendente para Renzo. Pasó de los chismes amorosos del curso a las virtudes del signo de Libra, de la lista de profesores más odiados a los rasgos de personalidad –haciendo especial hincapié en los defectos– de Florencia, Rocío y Camila, sus tres mejores amigas, de lo mucho que detestaba a sus compañeros del fondo a lo mucho que le gustaba el chocolate y el pin-up. Ya de noche, con el mate frío y las medialunas entre hormigas, se despidieron.

 

   A las semanas, con el calor de enero, Renzo y Julia cogerían. Renzo, apoyándose en la lluvia que se esmeraba afuera del cine, le propondría ir su casa. Llegarían y empezarían a contarse sin ganas cosas en el living, cosas de la infancia, de la adolescencia, decisiones acertadas y desacertadas, por qué decidió estudiar Letras, por qué no Filosofía, por qué dejó patín para meterse en hockey, qué tenía ese novio leporino para que ella le de bola. Renzo simularía respetar los tiempos de Julia. Iría y volvería sobre su cuello ganando terreno. Notaría la transpiración en las manos de Julia y Julia le pediría que lo mire, que no deje de mirarlo mientras le haga todo eso, cosa que Renzo respetaría a rajatabla, sabiendo que al menor paso en falso todo se iría a la mierda. Sin embargo –y es acá cuando todo empieza a derrumbarse para Renzo- al notar que Julia disfrutaba de lo que le estaba haciendo, sentiría que algo no estaba bien. Seguiría durante varios minutos más, todo, no obstante, de un modo condicionado, como si la escena que lo tenía como protagonista hubiese decidido de un momento a otro relegarlo al papel de espectador, dejando sólo a su cuerpo y no a su consciencia frente a Julia, una Julia ya perdida, realmente en la luna, cuyos ojos cerrados, tirados hacia atrás, daban cuenta de un goce desconocido, incomparable con la vez que, en un pijama party y a la vista de Florencia y Camila, se frotó la concha para mostrarles lo que había visto en internet hacía dos días. Renzo, al tener a la vista todo ese placer, se daría cuenta que no podía soportarlo, no podía sobrellevar que Julia, su alumna, aquella pendeja de 16 años que le cumplía con las tareas, hacía callar a sus compañeros del fondo y comentaba sobre el boom latinoamericano, estuviera abierta al mundo frente a él, pidiéndole con las manos que se la metiera de una buena vez.

 

   La cosa se repetiría tres veces más, hasta que Renzo, ya vuelto mártir frente a su náusea, le diría en un arrebato de valentía ensayada que tenía novia y que ésta acababa de quedar embarazada. La mentira no sobreviviría los tres minutos frente al escrutinio básico de Julia. No obstante, la cosa estaba decidida: las clases arrancarían y ellos no serían más que profesor y alumna.

   Llegó marzo, llegó el tiempo y en abril fue el primer examen. Renzo repartió una fotocopia tamaño oficio con las consignas. Julia pidió ir al baño. Se sentó en el inodoro y esperó. Esperó diez minutos, veinte minutos. Llegó Florencia, después Camila. Ambas fueron despachadas con la misma directiva. Siguió esperando. Llegó la preceptora, secundada por Florencia y Camila. Las tres intentaron hablar con Julia detrás de la puerta del baño. Nada. Ella volvió a repetir lo mismo: «que venga Renzo a sacarme». Después de que su madre, padre, director, jefa de preceptores, el profesor de Biología y hasta un anónimo de 3° año intentaran sacarla por las buenas, Renzo entró al baño, solo, siguiendo las estrictas indicaciones de Julia y esperó a que ella saliera del habitáculo que la tenía encerrada desde hacía una hora. Julia salió del inodoro sin zapatos, sin medias, sin jumper y sin bombacha y le pasó a Renzo las dos manos ensangrentadas por la cara. «Ahora sí estás rojo» dijo, mientras tiraba el libro al inodoro.