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marzo 2017

Revista Präuse - Paraná/Santa Fe 2018

Domicilio: Paraguay 136 Paraná, Entre Ríos.

Mail: revistaprause@gmail.com

Nº 2

El origen es falso

El origen es verdad

El origen es anamnesis

El origen es partenogénesis

El origen es y no es yo, es y no es otro.

 

   Hay quien dice que las vanguardias son una coda de este breve y poco conocido poema del marqués von Präuse. Ese alguien soy yo, es decir, nadie. La historia de la literatura hasta comienzos del siglo XX valoró los volúmenes y extensiones: Victor Hugo, Goethe, Manzoni, Lugones; de Wolfgang von Präuse nada dicen, quizás porque el marqués estaba más ocupado inventando formas de morir que en llenar páginas que consagren formas ya muertas de vivir. Poco sabemos de él, excepto que era vienés y vivió brevemente entre los siglos XIX y XX. Ni Freud ni Wittgenstein ni Berg lo trataron. Sus pares eran las prostitutas, los vendedores de opiáceos y los banqueros, quizás porque veía en ellos la reivindicación de una moral hecha de crimen y excesos. Von Präuse conoció el mal a través de la literatura pero pronto se dio cuenta de que había más verdad en un niño pobre que roba el monóculo (¿para qué?) a un aristócrata a la salida de un concierto de Mahler que en toda la obra del sobrevalorado Trakl. Sus imposibles poemas simbolistas, sus escabrosos relatos decadentistas, su inefable obra de teatro sin personajes no pasarán a la historia por sus dotes (aunque estos sean copiosos) sino antes bien porque permitieron hacer visible un sujeto que no podía, no debía existir. Sus relaciones sexuales aberrantes (niñas, cabras, contrahechos, damas muertas) lo volvieron un prófugo de la justicia; la piedra que salió de su mano y aplastó en dieciocho pedazos el cráneo del hijo de Eugenio de Saboya, meritorio de la guillotina. Testimonios de la época sostienen que su cabeza, ya separada de su cuerpo, guiñaba todavía el ojo de manera irónica.

 

   Cien años después, una comunidad de amigos del Litoral comenzó a departir tímidamente sobre la obra del marqués y luego a fanatizarse con su figura. El onanismo devino progresivamente orgía.

  Frente a la posibilidad de crear una revista trasnochada de vanguardia, el nombre surgió natural y unánimemente entre sus miembros. Sin embargo, el nombre Präuse querría menos retener los valores poéticos que el Marqués nos legó que el sentimiento fraternal que sus acciones irracionales provocaron en nosotros. La literatura nos hizo quienes somos, el exceso nos reunió para siempre.

 

   De cierta manera, no hay texto de este número que directa o indirectamente no homenajee al Marqués. La pedofilia, el alcohol, el hedor, las vísceras, la sangre, la pulsión de muerte, el travestismo, la humillación, la angustia, el anonimato, son materiales que nuestros ensayistas aprendieron a leer en la vida de Präuse y luego en los libros.

 

   Algo de esa experiencia monstruosa prauseniana sobrevive en cada uno de los textos de la revista. De allí que, sin quererlo, entre ellos se establezcan diálogos, retombées, disputas, reescrituras, guiños, variaciones sobre mismos temas, materiales u objetos. Enumeremos: el alcohol es el punto de partida de los ensayos de Rafael Arce y Bruno Grossi. En uno, la resaca dominguera trae el recuerdo del último libro de María Moreno y en el otro, los lisos lo llevan a reflexionar sobre la obra de Francisco Bitar. A su vez, los olores que Arce intenta conceptualizar a partir de Black Out reaparecen en el ensayo de Juan Pablo Descalzo sobre Juan José Becerra. Ensayo que tiene, de paso, como tema fundamental, los libros y las mujeres. Algo que Leo Arsenio intenta desentrañar metiéndose en la cabeza de un escritor contemporáneo de ciencia ficción que decide enfrentarse a los prejuicios de género. Esta indagación subjetiva de lectores y escritores, que aparece en Descalzo y Arsenio, se vuelve central en Silvana Santucci. Lo improductivo, fastuoso e indeterminado de la lectura barroca que Santucci predica es el eje de la disputa solapada entre Leonel Cherri y Adolf Loos. Si el plumaje y el canto inarticulado de los hombres degenerados inventan un Nuevo Mundo, el ornamento barroco visto desde el Viejo Mundo señala la perversión que debe ser reglamentada. Lo abyecto, no cultural de Loos parece ser uno de los tópicos que Emiliano Rodríguez Montiel lee en la literatura primal de Mariana Enríquez. La sangre que late en los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego es la sangre que José Miccio extraña en el cine. La frase de Godard “No es sangre, es rojo” que Miccio recuerda con dialéctica nostálgica intenta ser desmentida por Rojo, el cuento de Rodríguez Montiel. Si la digitalidad mata el registro, el autor vivo mata la lectura. De ahí que el muerto vivo santucciano sea el escritor que muere para que su obra nazca y viva finalmente más allá de todo. Autores muertos pero bien vivos, ese podría ser el caso de Juan José Saer, cuyo coloquio es discutido en los ensayos de Grossi, Descalzo y el dialogo de Albertito y San Jorge. ¿Muertos vivos? Podría ser una interpretación de Juan, personaje misterioso y errante de la ficción de Francisco Vanrell. Personaje bartlebyano que no actúa o no sabe cómo actuar, tal como sucede en Qué hacer, la novela de Katchadjian que Paula García Cherep analiza. Katchadjian aparece en el cuento de Arce, pero esta vez como procedimiento para mejorar un cuento de Cortázar sobre una fantasía infantil. Fantasías con infantes: la pedofilia es el tema omnipresente del cuento pop de Emiliano Rodríguez Montiel y el poema antisocial de Jorge Batalla. Batalla que Albertito y San Jorge emprenden felizmente por ver quién le pega más a Sarlo. ¿La Zona Saer? Mapa que Grossi intenta pensar en base al territorio y experiencia de lectura que interpela críticamente a Descalzo. Felicidad ante la incertidumbre que está en el ensayo de García Cherep. Felicidad ante el desvelamiento de los estereotipos en Arsenio. Felicidad del canto sin forma de los sirenos litoraleños en Cherri.