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NO VOY A LEER PARA EL PAPER.

INSTANTÁNEAS DE UNA MUERTO VIVA

Silvana Santucci

   La idea de que existan autores vivos me genera una incomodidad insoportable. Creo que el mundo está lleno de escritores y de escritura maravillosa. Pero “autores vivos”, “obra viva” eso es para mí, mal que me pese, territorio conquistado, con una sabiduría indiscutible y soberana, por gente muerta.

   No se trata de que piense que no haya buenos escritores vivos o buenos poetas vivos, los poetas me parecen, también, otro género de gente que escribe. Al contrario, se trata de que soy muy mala lectora de novedades Liter-Arias, y eso se suma a una especie de prejuicio adquirido de no sé dónde –seguro producto de contacto con gente vieja– que hace que sienta que para volverse “autor” de alguna manera hay que dejar de existir.

   Como si la muerte de las personas reales hiciese que su letra, muerta de por sí, al estabilizarse se vuelva viva. 

   Como si con la muerte del que escribe, la obra (cuando hay una, claro) encuentra nacimiento a una real vida literaria. Es decir, encuentra lectores capaces de hacer con ella algo inimaginado, algo que el que escribió no hubiese podido siquiera predecir o rectificar.

   No estoy refiriéndome a que el nacimiento del lector proceda de la felizmente celebrada muerte del autor. Al contrario, asumo que el nacimiento de un autor, de alguno, de cualquiera, proviene de la absoluta desaparición de la posibilidad de seguir firmando algo nuevo.

   De modo que al cesar(se) esa posibilidad y con una escritura estabilizada, una especie de rostro, de contorno, emerge para demarcarse allí intransitivamente.

   La lectura puede, entonces, surgida de esa instantánea, aparecer como acto gratuito. Único modo en que vale la pena que surja, así, sin necesidad, sin justificativo, sin deber. Moral ineficiente y, sobretodo,  inadaptada.

   De existir la novedad de una lectura, creo, sólo puede darse entre restos y a partir de ellos, en un más allá de la repetición. 

   Más allá que implica la extenuación del aburrimiento pero en el que un día, sin plan, fortuita y azarosamente, podemos llegar a encontrar  afortunadamente algo.  ¿Habrá futuro capaz de encontrarle origo, oriri, oriente a la selfie pública y colectiva que nos hace piquito en ropa interior desde el baño del presente de todos los días? Ojalá que no. Necesito, por ejemplo, que me convenzan en serio para leer gente aún no clausurada.

   A priori, por principio –y en especial por pre-juicio– no me hace gracia leer lo que se supone que me va a gustar. Detesto el tiempo de una lectura dispuesto a la capitalización, ya sea institucional, política, académica, formativa. Cuando me radicalizo asumo que sólo leo para gastar el tiempo y a veces me da lo mismo cualquier prospecto. Tampoco es que sea una lectora muy curiosa.

   Tengo, para decirlo liter-Ariamente, un proyecto de lectura absolutamente errático y prefiero sobre todas las cosas, la sorpresa. 

   Actitud poco práctica producto de profesar una ingenua fe en lo incalculable, en lo que no puede saberse con exactitud, en definitiva, en la muerte.

   Leer en un mientras tanto me parece una tarea mentirosa, imposible, de destellos inconsistentes pero que garantiza cierto saber. Por eso no puedo leer gratuitamente a cualquiera o a todo el mundo.  

   A mi alrededor abundan lectores expertos, técnicos, que tienen razón. A mí me cuesta leer para saber. Me la paso leyendo cualquier cosa.

   En el mejor de los casos, me sale creer que se lee siempre en el presente de un pasado imperfecto, a la luz de los destellos de un futuro que se parecerá más a una buena visita.

   Así, asumo que el ideal de una sobre-vida literaria se concreta a través de la apuesta de los herederos por venir de toda escritura o, al menos, de cierta escritura, frente a la cual los que leen siempre son nuevos, siempre son desde el futuro o, en el mejor de los casos, siempre son recién llegados tarde.

   De este modo todo texto pelea su destino, algún destino, el más sencillo, el menos trascendente quizás.

   Por eso, tampoco soporto al lector que se las sabe todas. Al profundamente seguro de su saber y que se afirma en la transmisión. Un lector que cita cada tres palabras y pregunta ¿leíste esto?, ¿leíste lo otro?  Galanes de las enciclopedias de última moda, dignos de un regocijo intelectual de muy largo aliento.

   ¿El lector se mide en cantidad? ¿Es como un comensal? ¿Hace falta leer tanto o acá también se impone leer gourmet?

   Creo que la vitalidad de las obras estará siempre en la pérdida que habilita la posibilidad de la ganancia. Soy y seré lectora de mate lavado, sopa y puré. Es decir, de cosas comunes y muy mezcladas, que calientes y juntas hacen un buen empaste.

   ¿Será que a la obra la puede preexistir algún tipo de escritura que no estuviese allí todo el tiempo? Imposible.

   ¿Será que la vida de la obra sucede gracias a su impulso vital de muerte? Tal vez.

   La lectura se parece, entonces, a la desorientación de los pingüinos con que Herzog campea en Extractos de fin del mundo: un impulso vital hace al pingüino del centro dirigirse hacia las montañas y allí, hacia una muerte segura.  

   Herzog nos muestra un pingüino que va hacia “un lugar donde no debería estar” que no es cerca del hielo donde puede alimentarse, ni en la colonia que le permite sobrevivir.

   Una condición hipertélica que el pingüino comparte con el arte y que lo impulsa a irse más allá de los fines, más allá de sí (y quizás, metafóricamente, más allá de lo que de él se espera).

   “Aunque lo hubiera atrapado y devuelto a la colonia, el pingüino habría vuelto inmediatamente a dirigirse a las montañas” –dice Herzog que dijo el mayor especialista de pingüinos del mundo.

   En el fondo, para Herzog ese mínimo gesto inútil de la naturaleza es un gran pase mágico de arte.

   De este modo, reaparece a principios de este siglo, la condición hipertélica del arte teorizada por Severo Sarduy en los años ochenta. El cubano sostenía que era posible trasvasar la conservación de la vida instalando un vacío que estira los límites de la especie hacia un impulso vital de muerte. 

   En ese instante, el pingüino, reinscribe el exceso de fasto típico de toda apuesta estética barroca y con ello, nos arrastra a la corriente intempestiva determinante de toda infancia: una vuelta a los placeres primeros de la mirada y su colocación.