• Mail to Präuse
  • Facebook - Präuse
  • Twitter - Präuse
  • Instagram - Präuse

NIÑOS SUAVES

Leo Arsenio

   Me gustaba nadar y hacer deportes. Era musculoso gracias a eso. No obstante, yo no era exactamente el más grande de toda la colonia de vacaciones y eso me molestaba. Ese año empezaron a ir unos mellizos que eran más adultos, dos años creo. Uhm, bastante. En teoría, ellos ya no podían ser admitidos, pero aun así ahí estaban. Eran idénticos, excepto porque uno tenía más carne en uno de los cachetes, y es probable que los ojos del otro estaban más redondeados. Me di cuenta en seguida de esas pocas diferencias, y cuando me dijeron sus nombres, a lo largo de la primera semana, nunca me confundí cuando les hablaba. Eso hizo que me ganara su respeto; al poco tiempo éramos los tres inseparables, algo que me llenó de satisfacción, porque había logrado absorber la amenaza de la mejor manera posible.

   Al poco tiempo fue evidente que me ablandé y me dejé tutelar. Los mellizos eran irresistibles. Aprendí mucho de ellos: me enseñaron a jugar al truco —yo ya sabía, pero me gustaba ver cómo cooperaban entre sí para explicarme, la pasión que ponían y el momento de memorizar las señas— y simular una falta dentro del área; también me iniciaron en la lectura de Tolkien, y me contaron —lo más importante— cómo era tener sexo. Solo uno de ellos no era virgen, pero cuando lo relataban, parecía que los dos habían estado ahí. Me daban ganas de tener un hermano mellizo. Yo los escuchaba y me reía a carcajadas, aunque no había ninguna parte graciosa en la historia. Ellos se tiraban arriba mío para sofocar mis risas, que eran contagiosas.

   Éramos felices.

   A lo largo de las semanas nuestra amistad iba creciendo y ya teníamos algunos códigos tácitos. Siempre estábamos en el mismo equipo cuando jugábamos a deportes grupales, y a la hora de la merienda, armábamos una especie de ronda con todos los alimentos que los tres traíamos. De esa forma compartíamos nuestra comida, y sabíamos que los demás nos miraban con algo de celos y emoción contenida, porque mientras nosotros disfrutábamos nuestra variedad de facturas y papas fritas, ellos solo se tenían que contentar con la unicidad de su provisión diaria, generalmente impuestas por sus insulsas madres, que no les permitían comprarse lo que quisieran en el quiosco porque todavía eran demasiados niños para manejar el dinero. Nosotros, en cambio, gozábamos incluso de la complicidad de la hija de la quiosquera, que nos daba las facturas más grandes, y hasta a veces lograba robarse algunos helados de agua, que compartíamos entre los tres, cada uno siempre con diferentes sabores, para no cansarnos nunca de ese hielo artificialmente saborizado, que en realidad no nos gustaba demasiado, pero era gratis. Los comíamos porque reforzaba nuestra amistad y nos gustaba corroborar con risas que no nos daba asco lamer donde había lamido nuestro amigo. La hija de la quiosquera nos miraba de lejos, no quería participar o no la dejábamos, no me acuerdo, pero da igual, a quién le importaba esa figura trágica en traje de baño floreado gastado, usado ya por tres de sus hermanas. Era pobre y desagradable.

   La cúspide de nuestra sincronía llegó cuando uno de los mellizos, el de los ojos redondeados, se largó a llorar después de haberse tirado del trampolín alto y caer de panza en el agua. Todos empezaron a reírse, pero yo fui más rápido, e inmediatamente después que el mellizo salió a flote, grité: perdí la apuesta, se tiró nomás de panza, qué cagada. Así, el error humillante fue trasformado en una proeza: él lo había hecho para ganar dinero, se había animado y era un genio.

   Sentí tanta confianza entre ellos que casi me reblandezco aún más y casi les confieso mi amor hacia Bruno. Bruno era un chico que iba a la colonia año tras año, porque sus padres lo mandaban y no porque él quisiera, como los mellizos o yo. Tenía el pelo negro y unas pestañas tan largas que me parecían de mujer adulta. Bruno era delicado, nunca tomaba del vaso de otra persona ni iba a la colonia dos días con la misma remera. Jugaba tan bien al fútbol que parecía llevarla atada, bastaba con pasársela para desentenderse de la jugada y que él terminara de cara al arco. No obstante, casi no hablaba, excepto cuando tenía que elegir los compañeros de su equipo. Yo imaginaba que primero los señalaba con sus pestañas, después con su mano; si no quedaba claro a quién quería, ahí usaba su voz y decía el nombre del elegido, que aceptaba y festejaba internamente. Nunca nadie se le burló de su voz, porque nos habían dicho que tenía una enfermedad, para nada mortal, pero que era la causante de que las palabras le salieran roncas, como si le costase mucho pronunciarlas, y recién cuando la familia consiguiera plata suficiente, lo iban a operar. Bruno hacía bello el estertor de quien agoniza.

   Cada vez que yo me le acercaba para que me contara algo de su vida, o no sé, algo más profundo que esos detalles que yo podía observar o deducir de su contemplación, el movía la cabeza para correrse el flequillo, me miraba, y cambiaba de tema con alguna pregunta, que yo, internamente fascinado por estar siendo interpelado por Bruno, respondía, y olvidaba que la cosa había sido al revés, que yo había preguntado primero. Me dejaba engañar, disfrutaba de ello —al menos tenía alguna clase de relación con él—, pero a la noche, en la oscuridad de la adolescencia incipiente, cuando me entregaba al movimiento mecánico de mis sábanas, me arrepentía, me decía que al día siguiente no lo iba a dejar esquivarme.

   Pero pasaban las semanas y más que estos detalles que describen lo que rodea a Bruno, más que a Bruno mismo, yo no tenía ni idea quién era él, nada de su vida, pero lo amaba con la fogosidad de la pubertad y eso era necesario para quitarme el sueño.

   Un día me dijo que ya había hablado de eso, y que no quería repetirlo. No voy a contar qué fue lo que le pregunté, porque no es importante, pero era, o eso creía yo, la espina dorsal de la vida de cualquier chico de nuestra edad. Su respuesta me dejó insensible y lleno de preguntas. ¿A quién le había contado eso? Sentí la levedad del rechazo involuntario y me dolió.

   Yo creo que los mellizos se dieron cuenta de mi fascinación por él, porque intentaban de mil maneras, cuando armábamos los equipos para jugar al fútbol o al vóley, que yo esté del mismo lado que Bruno. E incluso los pesqué una vez reteniéndolo en el vestuario —creo que te olvidaste las ojotas en el baño, le dijeron—, porque yo todavía estaba ahí, intentando desanudar los cordones de mis zapatillas que, como eran muy largos, les hacía doble —y hasta triple— nudo.

   Cuando en ese año se fijó la fecha del primer campamento, me puse contento. En primer lugar, porque estaban los mellizos y yo proyectaba imponer entre los demás muchachos una especie de reinado en donde los mellizos y yo éramos los jefes. Ejercer la autoridad ahora me resultaba más divertida, porque podía compartir y comentar mis arrebatos injustos en vez de solo recordarlos. En segundo lugar, el campamento transformaba los espacios, algo que yo ya sabía de experiencias pasadas. La noche de verano desdoblaba todos los árboles y esquinas, o mejor dicho, se daban vuelta, como una remera, para revelar eso otro que ocultaban, como un hueco imposible de penetrar con la mirada y que es necesario atravesar. Los faroles hacían que el playón tenga bordes más precisos, y el cemento parecía determinar dónde empezaba la oscuridad, con todos sus monstruos. Los baños, de noche, eran tenebrosos y parecían llenarse de sapos que croaban; la pileta era terreno prohibido; había portones cerrados con candado que había que saltar, y así mil cosas.

   Los mellizos afirmaron con rotundidad que yo iba a estar en su carpa, que no iba a ser de otra manera, y que como Bruno les caía muy bien —a vos también, ¿no? — lo iban a convencer de que esté con nosotros. Lamentablemente Bruno no quiso. Pero después de una tarde de correr y nadar tanto, éramos muchos los que queríamos escuchar a los mellizos contar chistes. Ellos eran muy deseados, creo que más que Bruno, ya sea porque tenían el pelo largo hasta la nuca, o porque apretaban muy fuerte la mano cuando saludaban. Todos querían estar cerca de ellos, así que en mi carpa éramos como ocho.

   Bien entrada la noche, mientras todos dormían, me despertó uno de los mellizos, el de los ojos redondeados, y me dijo que qué me parecía meternos en la pileta, ilegalmente, a la luz de la luna. En realidad, no había luna, o no la encontré porque a lo mejor la tapaba alguna nube, pero la idea me pareció perversamente deliciosa, me puse la malla y fuimos a zambullirnos. Para no hacer tanto ruido, tuvimos que bajar a la pileta por la escalera. Ahí fue cuando me di cuenta de que algo iba a salir mal.

   ¿Qué me está proponiendo exactamente el mellizo? Le dije que no era una buena idea, pero ya estaba él adentro, diciéndome que no sea cagón, que me metiera. Lo único que me faltaba era que al día siguiente se sepa que yo no me animé a hacer algo, aunque dudo que el mellizo me traicionara de esa forma, pero no podía afirmar que no haya nadie espiándonos, o que al día siguiente los demás puedan leerme en la cara que no hice lo que se esperaba de mí. Después de todo, yo era el único que sabía hacer la vuelta mortal y media en el trampolín alto. Así que bajé los peldaños y una vez con el agua hasta el cuello, bajé las defensas y me dije que no estaba del todo mal. El mellizo se sumergía y aparecía en otro lugar diferente, y yo tenía que controlar las ganas de reírme, porque cada vez que reaparecía, lo hacía con una cara diferente, siempre graciosa. La cuarta vez que lo hizo, su gesto me hizo acordar a su hermano, y me sorprendí de que no lo hayamos invitado.

     —¿Por qué no trajimos al otro mellizo? —le pregunté.

   —Es que te quiero contar algo que no sabe nadie. Bueno, mi hermano sí lo sabe, pero vos no, y no quiero que él diga su opinión, porque ya la escuché varias veces.

   Tenía ganas de ahogarme porque antes que me lo dijera yo ya había entendido todo y me di cuenta de lo que iba a pasar y quería salir o quería desaparecer o quería que esté el otro mellizo o quería dejar la colonia de vacaciones y recolectar kiwis en Australia, como hizo mi primo el año pasado y hasta vivió en una cabaña a la orilla de un río donde se bañaba, también, y se restregaba con una mujer de pechos verdaderamente grandes, como vi en una foto, una vez, en una ocasión.

   —Me gusta mucho Bruno —me dijo.

 

   Sí. Bueno. Disimulé como gran amigo que era. Le dije que me parecía que Bruno también gustaba de él. Yo era demasiado buen amigo. La verdad que no sé si lo que le dije era cierto, puede ser que lo haya sido, y por favor créanme que yo no estaba del todo celoso, es decir, no le deseaba el mal a mi amigo, o que Bruno lo rechazara; yo solo quería estar con Bruno porque quería ver de cerca sus ojos con sus pestañas.

   El mellizo tenía otras intenciones que iban mucho más que la mera contemplación, y cuando me las contó, sentí que todavía tenía mucho que aprender. El mellizo usó la palabra gozar, y ahí fue cuando yo quise salir de la pileta. Tengo mucho frío, salgamos, le dije. Sos un capo, me dijo él. Yo sé que me vas a ayudar, me dijo también, como si me hubiese respondido un comentario que yo jamás hice y ni siquiera pensaba –era buen amigo, pero no pelotudo–.

   Fuimos de nuevo a la carpa, el mellizo se acostó al lado de su hermano y se durmió abrazado a su mochila. Bruno estaba entre otros dos idiotas que ahora no me acuerdo los nombres, pero que eran muy buenos jugando al hándbol y siempre me metían más de siete goles por partido. Eh… bueno, admito que no soy bueno en los deportes en los que estén demasiado involucradas las manos, porque me empiezan a traspirar y se vuelven de manteca.

   Yo me acosté en mi colchoneta y ni me di cuenta que tenía la malla mojada. Mi mamá siempre me decía que nunca, nunca, nunca me deje la malla mojada porque eso me haría enfriar mi estómago y me daría dolor de panza. La confesión del mellizo me hizo olvidar todo el asunto y me acosté en la humedad. A los diez minutos, me estaba ya durmiendo, cuando sentí ganas de ir al baño. Me levanté con esa rapidez generada por el vientre que se estremece y fui a los vestuarios. Busqué en un armario el papel higiénico. Ese armario solo lo pueden usar los profesores y los chicos más grandes, como yo. Pero el armario a esa hora de la noche estaba cerrado. Yo no tenía la llave, no tenía el poder suficiente.

   No quería defecar y no poder limpiarme, no tenía un par de medias a mano, y estaba en cueros, tampoco tenía la remera puesta. Volví a la carpa para ver si tenía algún pañuelo de tela, o algo con lo que limpiarme. Cuando llegué, vi que Bruno se estaba rascando los ojos. Me acerqué un poco y pensé alguna conversación posible por si él se despertaba de repente, para que no piense que yo estaba ahí mirándolo como un obsesivo, y de paso, quería engancharlo en alguna charla para poder mantener en la oscuridad de la noche y con la mística del campamento, un momento sentimentalmente épico. No se despertó, pero se seguía rascando los ojos. Me acerqué y pude ver sus pestañas. Por suerte no habían apagado los reflectores, y si bien no llegaban a iluminar exactamente la cara de Bruno, agradezco a las propiedades de la luz que la hacen rebotar sobre los objetos, sobre él… y ahí estaba, iluminado tenuemente, mi chico. De tanto rascarse, una de las pestañas se había despegado y estaba en su mejilla. ¿Podré sacársela sin que se dé cuenta? Me puse nervioso y después entendí que por más que lograra robarla, no iba a saber dónde conservarla, así que me tranquilicé y me dejé embarcar en la actividad de contemplación, la cual logré dominar con satisfacción y hasta aprendí a disfrutar de ella. Casi me sacié. Pasaron unos minutos y me di cuenta de que las ganas de ir al baño se me habían ido. Aliviado, llegaron las ganas de dormir y me acosté al lado del mellizo traidor, que seguía abrazado a su mochila, como si ella pudiera brindarle algo más que un cuerpo. Iluso, él no sabía que para gozar no siempre es necesario usar las manos.

 

   Me dormí.

 

   Me desperté a la media hora y no podía ver nada de nada, la oscuridad era absoluta. Habían apagado los reflectores y con ellos la cara de Bruno, engullida por esos monstruos nocturnos que viven después del playón. Yo tenía muchas ganas de cagar, demasiadas; tenía frío, también. Fui saliendo de la carpa, pasé un pie por arriba de cada pierna de mis compañeros; como yo estaba algo dormido, no entendí muy bien quién era quién, ni si estaba yendo para el lado correcto. El vientre se me movía como si tuviese vida propia. Me imaginé que mis intestinos funcionaban como una bolsa de repostería, de las que se usan para decorar. Seguro que pasé por encima de los mellizos y por encima de Bruno, que debía dormir con sus pestañas cerradas, que como eran tan largas debían parecer dos medialunas negras de maquillaje. Salí de la carpa y me alejé. Me aterrorizó la idea de dejarlos solos a los mellizos y a Bruno, pero no podían intentar nada porque había más gente. Mi vientre parecía girar en círculos. Fui a la primera zona de pasto en la que creí que no me veía nadie. Pero cuando me bajé la malla y el calzoncillo, que seguían húmedos, vi que ya estaban ambas prendas manchadas de mi propia excrecencia.

   Empecé a escuchar que mi carpa se alborotaba. Terminé de hacer mis cosas lo más rápido que pude —me sorprendí lo rápido que terminé— y volví. La situación se parecía a una película de terror, de esas en las que hay personajes adolescentes; de hecho, el contexto de campamento aumentaba esa sensación. Gritaban. Pero la causa del pánico no era un asesino serial sino otra, mucho menos esquiva. Aparentemente, yo salí de la carpa —en mi estado de somnolencia, prisa y despecho— y tuve que pasar por arriba de mis compañeros acostados. Bueno, mi vientre fue soltando pequeños pedazos de mi deseo, que cayeron en las rodillas o las panzas de todos mis compañeros, de acuerdo a la altura de cada uno. Me pareció ver que Bruno sonreía.