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MELANCOLÍA URUGUAYA

Juan Pablo Descalzo

En esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica.

 

   Havana, la canción de Camila Cabello; una tarde, transpirado, en un mercado popular de alguna ciudad colombiana; una playa brasilera que se caracteriza por tener las tortugas más grandes de Sudamérica; el atardecer de un sábado en La Paloma, Uruguay; las formas en que la literatura sudamericana se enseña en las escuelas secundarias. La melancolía uruguaya.

 

   Todo el mundo puede quedar cautivado por cosas que no conoce, este es apenas un breve compendio de momentos, lugares o elementos que me gustan por mera transición.

 

   He aquí la primera anécdota, antes de pasar a escribir sobre lo que quiero escribir: en cuarto año de la secundaria estuve muy cerca de llevarme a rendir física 3, tenía un trimestre abajo y una prueba desaprobada. La profesora (que, como tantas otras, no me quería) estaba casi tan segura como yo que nos íbamos a ver las caras en diciembre. Por suerte, dejó de ir el último mes por un problema en la espalda o en la rodilla o en alguna articulación ya herrumbrosa. En ese momento tuvimos un reemplazante que casi como si fuese un Walter White famélico intentaba llevar elementos propios de la física y la química al aula. Un día llevó algún aparato raro que se conectaba a un quemador y nos enseñó las tres formas en las que el calor se transmite. Pirómano como siempre y buen alumno como nunca, es uno de los momentos que mejor recuerdo de todo el fatídico proceso educativo que viví.

   Aún recuerdo, de esa clasificación (con algunos baches propios de la memoria, la vejez, la comprensión y la extrañeza), haberme sentido especialmente atraído por el método de la radiación. Éste, a diferencia de los otros dos, no necesita que exista contacto entre los dos elementos (la fuente de calor y el elemento receptor). Existen fuegos fatuos, fuegos eternos y fuegos que transmiten su calor por mera radiación. Existen noches oscuras que iluminan y transmiten más que mil soles y existen siestas de sol que solo oscurecen y apagan todo el fuego construido. También existe el recuerdo intacto e impoluto de aquello que se conoce y también de aquello que se desconoce. Como el coleccionista que decide dejar las cosas en su empaque original, quizás sólo para negar la entropía propia, quizás la única energía real, común a todo, a todos.

   El gran desvío de los últimos párrafos no es más que una mera excusa para intentar explicar mediante las leyes de la memoria (las leyes que son, a fin de cuenta, las únicas que importan) por qué siento que me cautivan ciertos elementos que no conozco. Algo así hay con la melancolía ajena y particularmente con este cuento de Onetti.

 

Lo real.

 

No sé si este cuento es verdad o mentira. Quién perdería el tiempo en averiguarlo.

—¿Y si fuera verdad? –murmuró ella sobre el vaso.

—De todos modos no es historia nuestra.

Juan Carlos Onetti

 

 

   Tan triste como ella es un cuento de Onetti de unas 25 páginas, fechado en el año 1963.

   Es también un cuento leído en una noche de insomnio a la luz de un velador que iluminaba menos de lo que debería. Es sobre todo, la confirmación de algo que había entrevisto hacía ya un par de años. La literatura será aquello que logre conmover las fibras del hombre, o no será nada. Es también la confirmación o la consagración de lo que pensaba ya del Onetti cuentista (no es en desmedro del Onetti novelista, sino el simple hecho de haber leído sólo sus cuentos).

   En resumen, es el progresivo y lento agonizar (entendido más que nunca en su etimología) de una pareja que por el mismo borde filoso del tiempo se va cortando hasta no dejar nada más que el recuerdo (ni siquiera del todo positivo) de algo que alguna vez fue. En el medio existen ciertos pequeños matices que, capa más capa narrativa, otorgan a la historia de la pareja un lienzo perfecto para quien desde afuera lo contempla: el advenimiento de un niño que no se quiere, el lento y progresivo engaño del uno sobre el otro, el desapego por todo lo material excepto por aquello que lastima, el devenir metódico del deseo del daño propio que, disfrazado de deseo sexual, confunde una y otra vez a ambos, y otros factores más y más pequeños y más y más secundarios.

   Ella, a quien se nos nombra como “Tantriste”, es un poco la idea de todo lo que este texto trata de poner en palabras: la melancolía, el desapego, lo monótono, lo a-vivido (con el perdón del neologismo) y desde ese lugar llena y llena las páginas de una tristeza que hacen a uno compartir esa sensación de ahogo y desasosiego, esas ganas de caminar junto a ella a través de todo un tramo de plantas llenas de espinas que rasgan de a poco su cuerpo y la convierten en un ser sangrante (sangrante en cuanto a madre, en cuanto mujer, en cuanto a objeto frágil y en cuanto a ser finito).

 

 

Lo simbólico.

 

Intento excusarme –solo para nosotros,claro– invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.

 

Juan Carlos Onetti

 

   Cada persona lee en un texto, en una oración, en una frase, en una palabra, algo distinto. ¿Cómo no leer la melancolía del texto como idea máxima? Cada lectura es una puntada más en el gran tejido de lo melancólico.

   Ella, Tantriste, tan triste como nunca, o tan triste como siempre, entiende, o cree hacerlo, que la tristeza es algo que no solo había nacido con ella, sino que la había precedido.

“(...) no había sido consultada respecto a la vida que fue obligada a conocer y aceptar. Una sola pregunta anterior y habría rechazado, con horror equivalente, los intestinos y la muerte, la necesidad de la palabra para comunicarse e intentar la comprensión ajena.” 

 

   No es la situación actual que la incomoda, a la cual ya acepta como algo que está ahí y es inamovible (como una montaña, en palabras del narrador), sino todo por lo que pasó y le pasará, como si se reactualizase una vez más el tópico del Dasein pero se negase hasta la esencia misma del ser.  Por eso, no sólo contenta con dejar de sentir emociones quiere empezar a sentir otro tipo de sensaciones. Por eso el engaño, por eso el dejarse penetrar por los obreros que construían la casa que se erige mientras todo lo demás se derrumba, por eso las largas caminatas por las plantas llenas de espinas. Espinas y actos sexuales clandestinos (y no tanto) que dejan de pinchar y apenas esbozan ahora un breve rastro de sangre tibia y escarlata que no es más que la comprobación fisiológica de que el cuerpo puede seguir vivo aun cuando uno ya esté muerto. Los silencios les ganan a las palabras, y los cuerpos dejan de reconocerse como cuerpos para transformarse en receptáculos.

   La mejor forma de cuidarla, le dice él al comienzo, es mediante ese revólver que no anda (o parece no anda), que parece estar roto, o las balas picadas, o el gatillo desmantelado o algo flojo. Hasta que los cuerpos que no son cuerpos utilizan el arma que ya no era arma para terminar con la vida que ya no era vida.

Lo imaginario.

 

Pero elegía, sin convicción, sin deseo de verdad, el juego inútil y sangriento con las cinacinas, contra ellas, plantas o árboles. Buscaba, para nada, sin ningún fin, abrirse un camino entre los troncos y las espinas(...).  Concluía siempre en el fracaso, aceptándolo, diciéndole que sí con una mueca, una sonrisa.

Juan Carlos Onetti

 

   Como siempre me pasa con las novelas, o cuentos o películas que me gustan y me dejan un recuerdo perenne, mi cabeza escribe historias paralelas a lo que estoy viendo ahí. En este caso, los finales no fueron exactamente iguales, pero tuvieron muchos puntos en común.

   Soñé infinitas veces en los últimos meses con una escena terrorífica. Una mujer es abordada por hombres que toman su cuerpo por la fuerza. Hay dos factores a destacar en todas las escenas oníricas: el primero de ellos, una reminiscencia a Peckinpah, la mujer alcanza a esbozar una breve sonrisa mientras está siendo asaltada sexualmente; el segundo de los factores, en este caso como si se tratase de una evocación ovidiana, la mujer, minutos antes de ser avasallada por los hombres (el acto es así de violento) muta a una colorida ave que parece aportar en el sueño la idea de la libertad y, segundos antes de escaparse del todo, el ave es derribada y asesinada. La violencia es siempre la misma y totalizadora, y es aún más terrorífica porque parece que la mutación terminará la agonía, pero solamente la diluye.

   Para el cuento de Onetti, no queda del todo claro si el final conlleva la libertad para ella, o si solamente es un elemento más en la larga cadena del derrumbe. No es solo el deseo tanático de ir en contra de su propia voluntad lo que nos pega en la cara y nos deja impávidos, fruto de la catarsis casi helénica que el texto nos trae, sino precisamente todo lo que el texto no nos dice. No es el problema de si a ella le está pasando algo, sino precisamente la idea de saber que a ella le está faltando algo y que no existe nada en el texto que pueda remediarlo. Porque el texto no presenta la resolución del conflicto, más allá de que exista un claro final, sino que precisamente el texto se erige ante el lector como un pharmakon.

   Hace apenas unos días (prometo que es la última anécdota personal del texto) en la casa de alguien a quien orgullosamente puedo decirle “amigo” le contaba de mera casualidad que desde siempre, How to disappear completely, era una de mis canciones favoritas. La idea, creo yo, del cuento de Onetti, es básicamente algo parecido, es la búsqueda de la desaparición total, auténtica.

   La melancolía de Onetti acá no es más que la búsqueda de ese algo que se escapa, del alcance de esa desaparición total. Y la causa de todo esto, viniendo precisamente de Onetti es muy fácil de dilucidar; Santa María, todos ustedes, yo mismo.