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LLEGANDO TARDE A INTERPRETAR UNA NOVELA

Juan Pablo Descalzo

A X, siempre

 

   Llega un momento en la vida de todo hombre en que ante todo debe reconciliarse con el mundo y consigo mismo.

   Reelaboro.

 

   Llega un momento en la vida de todo hombre que ante todo debe conciliar consigo mismo.

   Después que termino de leer algo que me haya gustado mucho, siempre quiero escribir algo sobre eso, devolver el favor, que no quede en el simple “por favor leé esto”, o quizás sí, pero decirlo de una manera mucho más bonita. 

 No puedo empezar ninguna clase de texto sin antes comenzar con una anécdota, aunque sea intrascendente, aunque no tenga nada que ver y no le importe al otro que lee. Me reconcilié con partes de mi persona que tenía olvidadas. Esta no va a ser la excepción.

   Conocí a Becerra de pedo (y me arrepiento del método) porque vino al congreso ese en que todo el mundo de golpe era fanático acérrimo de Saer. Becerra resonó sobre el resto de aquellos que desconocía por dos cosas. La primera de ellas, que fue uno de los pocos en defender La grande de Saer sobre las demás novelas (opinión que comparto plenamente) y la otra fue una cuestión meramente anecdótica, le pregunté a X (quien había presentado la mesa) qué opinión tenía sobre Becerra y me respondió (entre otras cosas) que le parecía lindo. Él, Becerra, el ser humano Juan José Becerra. Como no puede ser de otra forma, intenté ver cuál era el hecho que le hacía a ella decir eso. Sorprendentemente, encontré esa respuesta en sus libros.

 

   Leí tres novelas de Becerra en diez días. La intención no era esa, era leer una sola con el fin de conocer su faceta novelística (ya había visitado videos, artículos y notas suyas de diversos lugares). El motivo de la lectura de los tres libros de Becerra es en parte culpa de él, es medio difícil leer una de las novelas sin leer las otras.

   La interpretación de un libro (2012) es el libro que me respondió aquello que me preguntaba. El argumento  algo sencillo, pero ejecutado de una manera sublime, un escritor se pregunta por qué motivos su última novela no es un éxito de ventas. Lo interesante acá es que el argumento de esta novela ficticia coincide con otra de las novelas reales de Becerra, es básicamente la novela Miles de años (2004). En el transcurso de La interpretación de un libro, el personaje  encuentra en el subte una mujer leyendo su novela y comienzan una relación afectiva más sexual que amorosa.

   Cuando leía “La interpretación de la novela” y veía al novelista creado acostándose con su lectora no pude más que reírme, y luego preocuparme. El personaje de Becerra –llamado Mariano Mastandrea- buscaba las causas  del desencanto del público con su novela Una eternidad (para que no se vayan haciendo tanto quilombo, ésta es la novela falsa que comparte argumento con la novela real Miles de años). Becerra se había transformado en un buscador de verdades (tópico fundamental de otra de sus novelas), no le interesaba si parcial o total, quería saber el porqué del disgusto o de la total indiferencia hacia la lectura de su novela, hasta que encuentra en esta joven lectora (apodada “la loca de los libros”) esa verdad que buscaba. Mastandrea buscaba comprender por qué no lo habían leído, algo similar, pero precisamente opuesto a lo que yo buscaba en la novela, básicamente entender porqué había que leerlo.

   Entiendo que pueda creerse acá que la interpretación que le di a la novela era algo netamente subjetivo y que eso la empobrece, pero al contrario, aunque no lo parezca, hace todo mucho más fácil. Las novelas que más impactan en mi ser, y creo aquí ser ampliamente correspondido, son por lo general aquellas que con su tinta no escriben nada, sino que recorren el rastro de experiencias propias que ya llevo surcadas en la piel.

   Mastandrea encuentra en la loca de los libros todo aquello que uno en un afán de querer ser escritor desea,  es decir, entre otras cosas, una mujer atractiva que encuentre pasión por lo escrito, que sea capaz de recordar incluso páginas enteras de los textos y que enaltezca la figura de uno como si no existiese un más allá. El asunto acá es, y puede notarse si se leyó con cierta atención la sentencia anterior, que ese deseo es cuasi pesadillesco. Lo que parecería independientemente de toda experiencia algo positivo, una sencilla acción como estar acostándose con una mina que repite oraciones textuales tuyas es netamente un martirio, que alguien hable en tu lugar, que te refleje, lo es, y más durante el momento de la cópula – es, parafraseando- algo abominable.  

 

   Becerra sabe lo que hace –a veces lo digo a manera de mantra–, alguien a quien le guste verdaderamente Saer tiene que saber escribir, después me acuerdo de cada payaso del congreso y se me pasa. Acá no hay que preocuparse, Becerra escribe y lo hace majestuosamente:

“Lo que se está dando en el sillón de Mastandrea, aunque no lo parezca, es una situación de  reciprocidad que tanto puede ser sexual como verbal. Novelista y lectora utilizan la lengua para fines que nadie podría asegurar  por qué deben ser considerados diferentes, aunque en su apariencia sí lo sean. Se prestan, con técnicas distintas, satisfacciones mutuas; la voz de Camila Pereyra le da al monoambiente un microclima de hábitat especial: el hábitat literario, incluso hiperliterario, en el que Mastandrea siempre ha querido vivir; mientras él, lame el pequeño pozo de Camila (el pozo y, también, sus costas circulares y, en algún punto de ellas, su pequeño montículo), lo lame y lo huele, porque no hay que confundirse: oler, es en algunas ocasiones, mucho mejor que hacer con el cuerpo cosas más brutales u ordinarias” (pág. 43)

 

   La consumación del acto sexual propiamente dicho da comienzo al acto sexual aletargado herrumbroso y poco placentero que la sociedad comúnmente suele denominar convivencia. Nuestro idioma, único y hermoso como pocos, nos otorga esa magnífica opción de denominar “acabar” al momento preciso, al instante exacto en que la relación sexual concluye, lo irónico aquí es que una relación sexual se acaba y cuando se acaba, comienza la relación ¿no? sexual en la pareja. En Mastandrea y “la loca de los libros” (que si bien se llama Camila Pereyra) su función –algunos podrían agregar aquí la palabra actancial–  es precisamente ser eso, ser loca y estar relacionada con los libros. En el cruce de la locura, los libros y la interpretación un factor más se da en la pareja, se vuelven adictos a comprar cuadros de Edward Hopper en los que únicamente se encuentre mujeres en habitaciones y en muchas ocasiones, mujeres leyendo (o en pose de estar haciéndolo) o al menos con libros en la mano. La lectura fácil, del artista que mete casi por atropello a una mujer en su casa y su lugar de trabajo y colecciona cuadros de mujeres solitarias, se empieza a desdibujar cada vez más cuando ambos teorizan sobre ciertas obras concretas de Hooper y la soledad de lo allí presente.

“Esa mujer está leyendo algo desde hace mucho, está en medio de un proceso de lectura. Está leyendo como puede decirse de alguien está viviendo. El tema es ese: lee del modo en que podría simplemente vivir.” (pág. 57) 

 

  Otro de los grandes temas en esta novela de Becerra es el que (creo) da nombre a la novela, la interpretación.  En un momento dado, la loca de los libros escribe cierto ensayo sobre la novela de Mastandrea y decide esconderlo. Como no puede ser de otra forma, lo escondido, lo oscuro se escapa muchas veces de su lugar que lo convierte en lo escondido y sale a la luz. Para la loca de los libros, la novela de Mastandrea es una buena novela pero tiene ciertos fallos, “reflejan la crisis personal del autor”, es “exhibicionista” e incluso a criterio de ella existen pasajes que son plagiados de otros textos de escritores no queridos para nada por nuestro meta escritor. La verdad  buscada y pedida a gritos por Mastandrea llega e irrumpe en medio de la escena y se introduce primero de manera parsimoniosa, velada, casi imperceptible hasta ser el total de la verdad allí existente. Para la oración anterior intenté reflejar cómo se mete en el sueño de uno el sonido del despertador, el letargo del sueño, la fragilidad de lo allí presente es al principio una nada misma, no es sonido, ni siquiera significante, pero todo lo frágil, –casi peco de ingenuidad y digo lo sólido–, se desvanece en el aire y el sonido, como en un extraño recurso faulkneriano se vuelve ruido y sobre todo se vuelve ya un pleno significado. Los sueños, los deseos, son eso, realidades parciales que son hermosas mientras dura el espejismo pero se agotan, y la realidad surge y rebalsa los bordes y el imaginario se rompe y da lugar a una cosa mucho más compleja de nominalizar.  Los libros son libros, son fenómenos únicos e irrepetibles en la vasta llanura del mundo, las interpretaciones son ficciones, son productos homomanufacturados todavía más únicos y todavía más ficcionales que los libros. Interpretar es creer que la verdad parcial construida es perenne, aunque también esa es una interpretación mía y usted no tiene que sumarse a vivir mi ficción. La falsa realidad perenne de Mastandrea se derrumba y Mastandrea (spoiler alert) volverá a ser lo que era antes de ser un buscador de sentidos, volverá a ser un escritor. En estos tiempos m̶a̶c̶r̶i̶s̶t̶a̶s, aciagos, cada tanto, recuerdo dibujarse una sonrisa en el rostro de X y pienso dubitativo, sempiterno como quien piensa y mira el discurrir de su sueldo en cómo hacer para mantener algo así para siempre, recuerdo su rostro y su sonrisa y proyecto que no termine nunca.

 

No ocurre que no la desea, o que desprecia el cuerpo precioso que se mueve por la habitación buscándolo a él o a su mirada, o que la castiga por los desacuerdos abismales de sentido que lo han estado enfrentando. Simplemente no la ve, se ha convertido en una transparencia que atraviesa para llegar, como si no la obstruyera nada (…) a la pantalla en la que ve renacer la vida literaria que había dado por perdida. (Pag 116)

 

   La lógica del que escribe (que no es lo mismo que ser un escritor) atraviesa por completo la otra novela de Becerra Toda la verdad  (2010). Sin dudas, ésta es la mejor novela que leí en lo que va del año, (más de 100 probablemente). Cada vez que la quise recomendar no pude más que contar su argumento y siempre veía las caras de desazón de los demás. El único gesto que puedo hacer con Toda la verdad es dejar de contar su argumento y que se arreglen como puedan. Ustedes se lo pierden.