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LAS MUERTES

Juan José Guerra

   Mi familia ha muerto. Mi padre ha muerto. Mi madre ha muerto. Mis hijos están muertos. Mi esposa ha muerto. No ha quedado uno solo de ellos. No puedo asignarle la culpa a nadie en particular. Pero tampoco es que se hayan dejado morir. Simplemente comenzaron a cumplir, con una periodicidad llamativa, el ritual de la muerte. No hubo mayores exequias. La última en morir fue mi esposa. Antes de eso, ella se ocupó de realizar una pequeña ceremonia en cada caso. Cuando ella murió, sencillamente abandoné la casa y dejé su cuerpo donde expiró. Lo hizo sin sobresaltos ni congoja. Pero tampoco es que se haya dejado morir. Simplemente sucedió.

   A pesar de todo, los primeros en irse fueron mis padres. Un día de calor agobiante, húmedo. La tormenta no se decidía a formarse y mientras tanto en la ciudad se acumulaban bancos de vapor caliente. Hacia mitad de la tarde empezamos a sentir un olor muy fuerte, olor a basura. Todo se estaba pudriendo por acción del calor y la humedad. Podíamos imaginar los desechos orgánicos que largarían una especie de espuma o humo, que se hincharían y volverían a adelgazar, pequeños géiseres en una bolsa de consorcio. En toda la casa e incluso cuando se salía a la vereda el olor era intenso. Los vecinos también lo percibían, pero nadie podía determinar el origen exacto. Las cloacas, dijeron. El basural, dijeron. El viento trae el olor desde allá, agregaron. Era viento del noroeste, dirección donde efectivamente se ubicaba el basural más grande de la ciudad. Nuestro barrio quedaba a su paso en dirección sudeste. Podíamos imaginar cómo ese vaho nauseabundo continuaba en dirección hacia el mar y se internaba en las islas. Quizás por sus propiedades tóxicas arrasara todo resto de vida natural. A mitad de la tarde, formamos una patrulla con otros vecinos y decidimos ir en busca del origen de la pestilencia. No tardamos demasiado en averiguarlo. Todos los demás me miraron con estupor; no por el resultado, que me afectaba, sino por mi distracción. El olor provenía del fondo de mi casa. Más precisamente de la casilla ubicada al fondo del terreno en la que habitaban mis padres. A medida que nos acercábamos, el olor se intensificaba. Cuando abrimos la puerta de chapa, la baranda fue desconcertante. Mis padres habían muerto. Hasta ese momento no se me hubiese ocurrido pensarlo, pero ahora que conocía los hechos me daba cuenta de que era muy inusual que mis padres no se anoticiasen en la casa por más de una semana. Nosotros, por acuerdo tácito, no los llamábamos ni los íbamos a buscar en caso de que ellos no aparecieran. Así, evitábamos tener que alimentarlos. Para ellos, comer implicaba una serie de maniobras bastante odiosas por cuanto no podían valerse por sí mismos. Había que proporcionarles comida cuidadosamente procesada, una papilla que luego de pisada debíamos introducir en una manga de repostería para finalmente verterla en sus bocas sin dientes. Pero su dificultad para engullir era tan grande que, para vaciar una manga entera, hacía falta casi una hora. Su apetito era tan voraz que por comida cada uno exigía al menos tres mangas, de manera que la tarea de alimentarlos nos llevaba un promedio de tres horas para cada uno. Considerando que solo había una manga, el proceso se extendía a seis horas. Entonces, cada vez que ellos no aparecían lo tomábamos como un alivio o una vacación, antes que sentirnos preocupados. A veces, cuando desde la ventana de la cocina los veíamos arrastrándose desde el fondo en dirección a la casa, nos apresurábamos y salíamos a la calle para no volver hasta varias horas más tarde. En otras ocasiones, cerrábamos las persianas para indicarles que no era un buen momento. Pero eso no los detenía. En vez de desandar el trecho que ya habían recorrido, se llegaban hasta la puerta de la cocina y, desde el suelo, la golpeaban y comenzaban a emitir una especie de maullido para llamar nuestra atención. Por eso, ahora que sabía de su muerte, me resultaba bastante claro que esa era la única explicación para su ausencia de una semana. Los vecinos me miraron con desaprobación; luego expresaron sus condolencias y partieron. El que siguió fue un período de esplendor y rejuvenecimiento para mi esposa y para mí, una vez que nos habíamos desligado de la responsabilidad de cuidarlos. Empezamos a salir más y a dedicar tiempo a nuestra relación que se encontraba estancada. Nos juntábamos con otros matrimonios amigos, practicábamos gimnasia, leíamos y escuchábamos música al atardecer e incluso volvimos a hacer el amor. Sin embargo, no se nos ocurría qué hacer con la casilla del fondo. ¿A qué destinarla? Pensamos en armar una salita de cine, pero a esa altura ya era imposible conseguir un proyector. Así que decidimos alquilarla y un hombre de Dorrego se instaló allí con una mochila como único equipaje.

   El renacimiento nuestro no coincidía con el ánimo de nuestros hijos. Ellos habían adoptado una conducta parca y taciturna. Extrañaban los relatos de su abuelo, quien, a pesar de sus dificultades para expresarse, lograba generar en ellos una especial atención. Les hablaba de sus experiencias bélicas y de su trabajo como albañil. La parte épica de su relato era su participación en la construcción de la gran torre de Cuatreros, que constó de un millar de oficinas y vista panorámica del estuario. La abuela asentía y agregaba datos de color a la narración del viejo, como por ejemplo intrigas amorosas de los arquitectos y desacuerdos pueriles entre el gremio de los gasistas y el de los electricistas. Nada había impedido, no obstante, que la Torre Quintana se convirtiese en el orgullo de la comunidad durante aquellos años. Nuestros hijos escuchaban esos relatos con emoción y envidia, pero fundamentalmente con ensoñación. De manera que la muerte de mis padres, sumada al renacimiento de nuestra pareja, los dejó de alguna manera huérfanos. Empezaron a dormir cada vez más y, cuando despertaban, tenían un aspecto lamentable: ojeras, malhumor, mutismo, desaliño, falta de apetito. Encontraron en nuestro inquilino un aliado o un nuevo amigo. Pasaban con él la mayoría de las noches en la casilla, tal vez recordando a sus abuelos en el lugar que ellos habían habitado, y regresaban a su cuarto cuando ya había amanecido. Ante esta situación quisimos satisfacerlos, así que para su cumpleaños, que caía en la misma fecha, puesto que eran mellizos, les dijimos que nos pidieran el regalo que más quisieran. Su respuesta conjunta fue: un cortaplumas, un mechero, una lupa y una cuchara sopera. No podíamos decir que se tratase de un regalo atípico entre adolescentes, porque los adolescentes consumen las mercancías más excéntricas, pero sí nos sorprendió porque muchos de esos objetos (a excepción del mechero) ya se encontraban en nuestra casa y ellos podían usarlos cuando quisieran, sin siquiera pedir permiso. Pero como insistieron, ese fue nuestro regalo para ellos: una especie de kit de camping. Supusimos que planeaban una excursión a las sierras o al monte, pero nada cambió en las semanas siguientes. Simplemente, empezaron a dormir un poco más de la cuenta y a acentuar su indolencia y desinterés por cuanto pasase a su alrededor. Una noche salimos con los Gómez a bailar bachata en la cantina de Rodríguez. Cuando regresamos, los mellizos estaban en el comedor con el inquilino. Era un tipo de unos 35 años, de pelo rapado y barba desprolija, más bien enjuto y fibroso, que vestía siempre una camperita verde militar, jeans y borcegos gastados. No era muy comunicativo. Aquella vez estaban en la cocina viendo una película de acción. Apenas llegamos él se disculpó, juntó sus cosas y se fue para el fondo. Sobre la mesa quedaban envases de vino, el mechero, la lupa y el cortaplumas. Los mellizos siguieron con la película y nosotros nos fuimos a acostar. Al día siguiente el inquilino pagó todo el mes y dijo que se iba de la ciudad. Una semana más tarde los mellizos murieron. Yacían en su cuarto cuando entramos a buscarlos. Eran las siete de la tarde y aún no se habían levantado. Habían muerto de sobredosis, o se habían suicidado. Nunca lo supimos. La ceremonia fue sencilla y poco concurrida. Algunos vecinos se sorprendieron, no sabían que teníamos hijos. Eran muy callados, les respondíamos, tenían perfil bajo. Les describimos su apariencia, pero aun así no los recordaron. Nos dieron el pésame y partieron, pues de todos modos cada uno debía ocuparse de sus propios contratiempos.

   Cualquiera hubiese pensado que la muerte de los hijos habría derrumbado nuestro ánimo, pero en cambio lo volvimos a sentir como un alivio. Al fin y al cabo, desde la muerte de sus abuelos, si no desde antes, los mellizos se habían vuelto difíciles de satisfacer. Esta era una nueva oportunidad para el desarrollo de nuestra relación. Volvíamos a ser como novios primerizos. Nuestra vida social aumentó, seguimos practicando gimnasia y ahora hacíamos el amor por toda la casa. Mi esposa empezó a dedicar tiempo al jardín y yo monté un taller de carpintería en la antigua pieza de los mellizos. Como seguía sin ser utilizada, la casilla del fondo fue el espacio que mi esposa eligió como invernadero. Comenzó a cultivar las plantas más exóticas. Especies de zonas cálidas y lluviosas: brasileñas, africanas, caribeñas, asiáticas. Incluso mandó a fabricar una gran pecera para criar animales fantásticos que los pescadores extraían del estuario. Las corrientes marinas habían enloquecido y arrojaban a estas latitudes peces que por naturaleza nunca habrían incursionado tan al sur. La casilla era su pequeño laboratorio de especímenes extraños y ella pasaba sus horas ahí. De cada planta y de cada pez tenía dos: “mi pequeña arca de Noé”, la llamaba a la casilla. La manera en que se refería al invernadero era casi tan tierna como el vocabulario que se usa para hablar de una mascota. Empezó a llamar a sus plantitas y a sus pececitos así, con diminutivos. Sus pequeñas joyitas o criaturitas. Hablaba de ellos día y noche. Cuando nos acostábamos, muchas veces se quedaba inmóvil, fijaba la mirada en el techo y de pronto giraba la mirada hacia la ventana que daba al patio y que de noche, por supuesto, estaba con la persiana baja. Era un movimiento repentino y fugaz que se repetía en series de dos o tres durante algunos minutos. Hasta que yo decidía preguntarle qué pasaba y me decía que le daba miedo haberse olvidado de regar tal plantita o de alimentar tal pececito, ante lo cual yo le respondía que no era problema, que mañana lo haría. Luego de darme la razón, invariablemente esperaría un momento y a continuación se levantaría, se pondría el salto de cama y se ocuparía de su invernadero en plena oscuridad, sin importar el clima. Cuando regresaba, yo, invariablemente, estaría dormido. Fue tal su obsesión que decidió instalar un transmisor de sonidos y un detector de incendios. A diario distribuía sus tareas con puntualidad y paciencia, pero de a poco sus actividades estuvieron destinadas por entero al invernadero. Dejó de ocuparse de almuerzos y cenas, lavado y planchado. Dejamos de hacer el amor, suspendimos las salidas y abandonamos la práctica deportiva. No me extrañó ni opuse resistencia cuando decidió dormir en la casilla, puesto que la preocupación que sentía durante las noches le impedía dormir. Aproveché esta separación que consideré temporaria para dedicar todos mis esfuerzos a la carpintería. Estaba dándole fin a una cajonera e intentaba proporcionarle un acabado prolijo y elegante. Las ausencias de mi mujer pasaron a ser casi absolutas. Ya no compartíamos las comidas. A veces la veía en el fondo del jardín, recolectando tierra con un balde de albañil. Yo la miraba desde la ventana de la cocina y me preguntaba cómo se alimentaría si no se acercaba hasta la casa a buscar provisiones. Quizás algunas de sus plantas daban frutos o algunos de sus peces estaban destinados al consumo. Habitualmente, me encargaba que le trajera de la avenida los productos que le permitían llevar a cabo sus tareas. Pero hubo una ocasión en que me negué, simulé una descompostura con la finalidad de descubrir aquello que me asombraba. No bien ella salió de compras, aproveché para ir hasta la casilla. La escena me desconcertó: las plantas habían tomado posesión del lugar y en las peceras las diferentes especies se abarrotaban contra los cristales. Había mojarritas de tamaño gigante y tiburones en miniatura; peces usualmente pequeños engullían otros que en su hábitat hubiesen sido sus depredadores. Había especies mixtas, mutantes y desquiciadas. Por un momento dudé de lo que veía, puesto que el clima se hallaba enrarecido por la flora abundante, cuyos efluvios me sumían en una suerte de sopor incómodo e involuntario. Mi ánimo había sido de curiosidad e ímpetu científico, pero el ambiente me inducía a la indolencia o a la mera constatación de un orden cuyos sentidos me eran esquivos y que, en cualquier caso, ya no me interesaban. La avenida no se encontraba lejos, por lo que mi estadía en la casilla debió ser breve. Cuando regresé a mi habitación, el asombro que sentía antes de mi excursión había sido reemplazado por la incredulidad. En última instancia, nunca aprendí el arte de asignarle significado a los hechos. La obsesión de mi mujer con plantas y peces no se diferenciaba demasiado de mi obsesión con la carpintería, sin embargo no pude establecer los alcances de estas dos manías. Si trabajar con una materia inerte se diferencia de hacerlo con seres vivos, eso no lo sé determinar. Antes bien, tiendo a pensar que la vida consiste en buscarse modos de pasar el tiempo, sin evaluar con excesiva exigencia los motivos de esas tareas. Naturalmente, mi mujer volvió. No pasó por el cuarto donde yo convalecía, sino que fue directamente hacia el fondo. Al rato, entró a la casa intempestivamente. Golpeó la puerta y con pasos rápidos vino hasta la pieza. Se detuvo en el umbral con el rostro deformado por el odio y la desesperación. Parecía al borde de un ataque nervioso y estuvo a punto de ponerse a gritar. La fisonomía de sus labios y de su cuello anunciaba el estallido. Sin embargo, debió haber olvidado lo que me quería decir o, simplemente, consideró que esa era toda su intervención y no agregó más al asunto. Se retiró del umbral y ya no la escuché hasta que me quedé dormido. Soñé con una cantidad inconmensurable de cangrejos que avanzaban desde la plaza en dirección a la ciudad. Cuando desperté al anochecer y me dirigí a la cocina, ahí estaba ella preparando la cena para los dos. Comimos y miramos televisión. Luego nos acostamos, hicimos el amor y nos dormimos. Esta vez soñé con una melodía de una belleza abrumadora, que no pude recordar cuando desperté a la mañana siguiente. Mi mujer no estaba en la cama. La busqué en el comedor, en la cocina, en el patio e incluso en la casilla del fondo. Supuse que había salido de compras, pero cuando fui al baño a lavarme la cara la hallé sentada en el inodoro, inmóvil. Había muerto. En su cara no percibí ninguna expresión en particular; en todo caso, el alivio de haber orinado todo el líquido almacenado durante la noche. Pero tampoco pude determinar si en su rostro se dibujaba un alivio semejante. Como mi experiencia con los velorios era nula en cuanto a llevar a cabo todas las tareas que implicaba remover un cuerpo inerte, disponerlo en un cajón luego de limpiarlo y vestirlo, llamar a los interesados y tolerar toda la ceremonia posterior hasta el entierro final, dado que esas actividades habían sido de exclusiva responsabilidad de quien ya no podía realizarlas, decidí abandonar la casa y emigrar de la ciudad. Lo hice sin nostalgia ni sobresaltos, incluso sin contratiempos. No porque quisiera hacerlo de ese modo, sino simplemente porque sucedió así.