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LAS CHICAS ROHMER

Emiliano Rodríguez Montiel

Podría escribir páginas y páginas sobre ellas,

pero prefiero mirarlas

 

François Truffaut 

 

 

   Se llama o se llamaba Julia, fue conmigo algunos años a la escuela, nunca llegamos a compartir nada, ni siquiera un comentario, un recreo, un amigo, o uno de esos trabajos prácticos grupales forzados por el alfabeto o la cercanía de los bancos. Julia no es ni fue importante en mi vida, podría incluso borrar este primer párrafo y empezar de nuevo esta página sin siquiera mencionarla, o, mejor, cambiar su nombre por el de Florencia, Ángeles o Laura. Su nombre no es importante acá sino su cuerpo, un cuerpo hermoso, pequeño y blanco que ella llevó bajo el nombre de Julia los años que fue conmigo a la escuela. Julia nunca supo el cuerpo que tenía. Con los años, me doy cuenta de que Julia pertenece a ese pequeño grupo de personas que desconoce su belleza, que no es contemporáneo de su cuerpo. Algunos llegan tarde, otros no llegan nunca. Andan por la vida desfasados, desincronizados, sin poder cuajar cuerpo y consciencia, belleza y razón. Muestran de más o tapan todo, se comportan sin estrategia, permanecen en las sombras. No pueden aprovechar las facultades o dotes naturales que de un momento a otro pasan a tener. Son extranjeros, turistas de su propio cuerpo. Yo pertenezco a otro grupo pequeño de personas: los que se dan cuenta de lo anterior. Podemos, gracias a ello, contemplar y apreciar por el otro el cuerpo huérfano. Por eso, cada tanto, cuando me desconectaba de la clase, miraba el cuerpo desamparado de Julia. Me sentía solo frente a un secreto, me sentía bien, feliz, o algo de eso había cuando me suspendía sobre aquellos muslos blancos, grandes, que el jumper bermellón a cuadros insistía en esconder. O sobre su pelo largo, negro, que cada tanto era reprimido por una gomita blanca. Todo en ese cuerpo, salvo lo antes nombrado, era pequeño: manos, pies, boca, cintura; incluso el modo en que se resistía a ocupar lugar en el espacio: pies recluidos bajo la silla, brazos pegados al cuerpo, cabeza siempre al frente.

 

   Nunca se me ocurrió contarlo, ni a ella ni a nadie. Tenía miedo, supongo, de que al quitar el manto masónico de la cuestión, el deseo y la experiencia estética de contemplarlo se perdieran. Después Julia se cambió de escuela y me olvidé del tema. Por mucho tiempo no pensé en esta cuestión, hasta que, ya de grande, empecé a ver el cine de Rohmer.

   El cine de Rohmer, un cine conversacional, lento, formulado a partir de cierta épica de la simpleza y lo cotidiano, pone en escena un tipo de belleza femenina que me recuerda a la de Julia, pero no por permitirme sentirme nativo (cercano, conocedor, insider) de ella sino, justamente, por producir el efecto contrario. Asistir al encuentro con las chicas Rohmer es devenir extranjero (distante, ignorante, outsider) en la experiencia de lo bello femenino. Las chicas Rohmer subvierten los roles y convierten a uno en el turista de su belleza.

   Lengua extranjera. El modo en que se mueven, conversan, se miran, se ríen y se visten (amo sus polleras y vestidos de colores, sus blue jeans ochentosos, hoy cubiertos por el aura del vintage, sus camisas enormes o musculosas blancas que prometen en cada movimiento romperse), me permite pensarlas bajo la generalidad de un sistema, como si fueran parte de una lengua extranjera. El placer que se extrae de allí radica en vivir la experiencia de esa distancia ¿o acaso no hablamos, estudiamos y deseamos convivir en otro idioma por el acontecimiento mismo de su forma, su extrañeza al oído, la degustación de su pronunciación?

   Intimidad. Las chicas Rohmer forman una comunidad sensible cuyo centro es gobernado por una intimidad que se sostiene a base de convicciones, reflexiones y principios éticos.  Las chicas Rohmer deciden por lo que sienten y no por lo que necesitan o deben.  Ese es su modo de ser en el mundo: someten a evaluación cada acto o sentimiento antes de llevarlo a cabo, porque el orden de lo íntimo en ellas no es aquello inaccesible (Giordano, Pardo) o inofensivo (Kamenszain) sino algo de lo que se tienen que hacer cargo para ser felices. Para ser bellas.

   El amor. Unido al punto anterior, las chicas Rohmer consideran al amor no como resultado del azar sino como una toma de posición: “te quiero, pero quiero quererte más”; “ahora sólo quiero amarte a ti” (Conte d'été). Como si el amor, en vez de una energía ingobernable que se apodera sin permiso de nuestro deseo o voluntad, fuera un estado del cual uno puede tomar partido y decidir sobre él. El amor en las chicas Rohmer es poligámico. Pueden amar y en diferentes dimensiones a varias personas. Su amor también es medible: las chicas Rohmer miden el amor y accionan a partir de ello: “te quiero igual que antes, ni más ni menos. Pero, no te quiero bastante. Sólo podría vivir con un nombre al que quisiera con locura” (Conte d'hiver)

   Existencia afirmativa. Si bien hay verborragia, repliegues, vaivenes emocionales, dudas identitarias, en las chicas Rohmer no hay negación sino un impulso afirmativo hacia la vida. No pocas veces sonríen y exhiben sus ojos dilatados, una postura suelta, ligera, como si asistiéramos a un cine vegetariano. Incluso en los momentos en que la trama (Le rayon vert) parece exigirles oscuridad o apesadumbramiento ellas sólo se limitan a quitar la sonrisa, sacar la mirada, cortar la conversación. El cine de Rohmer es un drama sin tragedia. A lo sumo, las chicas lloran un poco, pero sin relieve, sin espectáculo del dolor.

   El color blanco. Hermanado con el punto anterior, el color de las chicas Rohmer es el blanco: el color blanco es el más puro de todos, representa la paz y la tranquilidad. El blanco es el color de la tregua y la estabilidad. Las chicas Rohmer no tienen estrés o desespero sino una existencia positiva, limpia, exenta de shocks emocionales. Amanda Langlet, Florence Darel y Charlotte Véry: bellezas relajadas, simples, naturales.

 

   El cine de Rohmer es un cine de prosa, un cine para leer. A las chicas Rohmer, sin embargo, prefiero mirarlas. Mirarlas como la miraba a Julia los años que fue conmigo a la escuela.