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JUAN

Francisco Vanrell

   Juan se fue en junio. Un día llegué y ya no estaba. Dejó algo de ropa, un paquete de puchos empezado y un encendedor roto. Aunque parezca un chiste, Juan se fue y dejó casi todo lo que le pertenece en este mundo. Se fue con lo puesto, que es lo único que tiene.

   Juan llegó un día a la ciudad sin mayores razones que las del azar, escapando (eso me dijo alguna vez). Quién sabe de qué, tal vez escapando de sí mismo. Ardua tarea la de huir de uno mismo cuando el que huye es el mismo del que queremos apartarnos. Casi con la misma falta de ceremonia que a su llegada, se fue un día... para no volver.

   Juan no fue nadie en mi vida. No fue un amigo, no fue un amante, no fue un colega de trabajo, ni un compañero de escuela. No fue mi jefe ni mi confesor, no fue un rostro familiar en la esquina del barrio ni una voz del otro lado del teléfono. Juan no tiene más influencia en mi historia que aquella profesora de Química en tercer año que nos enseñó, hasta que un paro cardíaco interrumpió sus explicaciones sobre sales y soluciones. Aun así, recuerdo a Juan como si todavía estuviera entre nosotros. No, no digo que haya muerto (tal vez… no me resultaría extraño, pero no lo sé), lo que digo es que Juan sigue siendo una presencia aquí y ahora, aunque descanse en una cama o en una tumba en otro rincón del país o ¿quién sabe?, en otro rincón de cualquier país, porque si hay algo que Juan sabe (o sabía) hacer muy bien era descansar en los rincones, aunque, tal vez, descansar no sea el mejor verbo para describir su manera de estar en los rincones. Juan, a veces, descansaba en los rincones… bueno, debería decir en el rincón –porque siempre era el mismo–… mejor dicho aún, en su rincón –suyo no por tenencia legal sino por propiedad transitiva: era de él mientras él estaba ahí, que, vale decirlo, era la mayor parte del tiempo–. Otras veces creo haberlo visto sufrir en aquel rincón. Más de una vez, también, lo vi dormir (y sé que podrían objetarme que es redundar en el descanso, pero no podría jurar que el sueño –si es que lo hacía– fuera, para él, un momento de relajación (¡qué infiernos habrá soñado!). Quizás, simplemente, lo que mejor sabía hacer Juan era estar en los rincones, permanecer. Tan impasible, tan inerte era, en ocasiones, su permanencia en el… su rincón, que uno casi se olvidaba que estaba allí. ¿Habrá sido por eso que vino? Puede que fuera su costumbre la de estar en los rincones hasta volverse prácticamente invisible a los demás y, una vez olvidado por todos, desaparecer sin dejar rastros, para volver a instalarse en otro ángulo, en otro pueblo, donde volverían a olvidarlo para siempre.

   Hace años que no visito la casa donde conocí a Juan. Bueno, no era precisamente una casa. Es decir, sí era una casa, o había sido una casa pero momentáneamente cumplía otra función (¿es la forma de la construcción o el uso que se le da lo que hace a la casa?). En realidad, seguía siendo una casa para algunos –no me aventuraría a decir un hogar–, para otros era un lugar de paso. Para mí no era ni una casa ni tampoco un lugar de paso, para mí era trabajo, pero para la mayoría era un lugar donde estar, aunque fuera por poco tiempo.

   Juan ya estaba instalado en la casa… en realidad, ya estaba instalado en su rincón de la casa la primera vez que llegué ahí. Al principio me pareció completamente normal, es decir, era normal que hubiera personas en los rincones de esa casa, hablando, tocando la guitarra, leyendo, mirando la televisión, comiendo o, simplemente, permaneciendo, con los ojos abiertos o cerrados. Pero, por lo general, no duraban mucho tiempo en esos lugares. Un día llegabas y los rincones estaban vacíos, las guitarras enfundadas, los rostros habían cambiado o los cuerpos se habían ubicado en otro lugar. Lo curioso (me resultó curioso después de varios meses) es que el único habitante que resultaba inamovible de su pequeño rincón era Juan. No porque no existiesen razones para que alguien pasara mucho tiempo en esa casa –incluso en un mismo lugar– sino justamente por eso, porque Juan era el único que no tenía razón para seguir estando. Ahí.

   Alguna vez me dijo que él se quedaba porque no tenía otra cosa que hacer, porque no había otra cosa que pudiera hacer. Es triste pensarlo de ese modo, que lo único que pudiera hacer fuera, simplemente, estar. Un cuerpo ocupando un espacio en el tiempo. En realidad, lo que me dijo fue que había una sola cosa que él sabía hacer pero que en ese momento no podía realizarla. ¿Qué es lo que sabés hacer, Juan? Me dijo que lo único que había aprendido a hacer en su vida (pienso yo, además de permanecer) era ‘reparar’. ¿Reparar qué? Cualquier cosa, me dijo. Podía reparar cualquier cosa. Si tuviéramos que decidir, o se pudiera decidir, qué virtud poseer, no creo que «poder reparar cualquier cosa» estuviese entre las primeras opciones.

   Nunca supe qué es exactamente lo que Juan podía arreglar. Nunca lo vi reparando nada y las pocas veces que tuve la posibilidad de ponerlo a prueba no me animé a interrumpir su inacción.

   Es gracioso. No. Irónico. Me dijo que podía reparar cualquier cosa, pero parecía que había una sola, tal vez la más importante, que no sabía o no podía (o no quería) reparar: su vida. O la razón de su vida. ¿Por qué no estaba en condiciones de ‘reparar’? Nunca me dijo. Un bloqueo mental, quizás. Un impedimento físico, también podía ser (a Juan no le faltaba ni un brazo ni una pierna ni un ojo ni nada observable a simple vista, pero quién sabe si no tenía alguna condición física invisible que le impedía hacer su trabajo). No parecía particularmente preocupado por no poder hacer nada, ni tampoco parecía que se negara a hacerlo, simplemente no podía. Jamás pude averiguar la causa de su imposibilidad.

   Algo hay que reconocerle a Juan. Una virtud. Llamémosle tenacidad, a falta de una mejor palabra. Porque a pesar de no poder hacer nada más que estar, Juan seguía estando, y no parecía tentado a dejar que su inactividad fuera un problema.

   Sí, sé lo que están pensando. No es que les quisiera mentir, pero Juan casi no lo hacía. Una vez cada tanto, nada más, lo mínimo indispensable como para seguir con vida. Es que todos lo necesitamos y que lo hiciera fue una de las pocas pruebas de que Juan es (o era) como todos nosotros. Bueno, no es que dudara especialmente de Juan, pero tampoco me niego a que puedan existir buenos farsantes entre nosotros. Siempre me he preguntado. No. Algunas veces me he preguntado si es posible que alrededor nuestro estén escondidos, transformados, mimetizados y que no nos demos cuenta. Más sabios que nosotros, mientras seguimos imaginando que algún día podremos descubrirlos o encontrarlos, nosotros ya fuimos hallados y estamos continuamente siendo observados.

   Fue hace pocos días que volví a acordarme de Juan. Deambulaba por el centro, cuando sin darme cuenta me vi caminando la cuadra de la casa donde lo conocí. Cuando crucé por la puerta, cuando espié por las persianas para ver si algo había cambiado desde que dejé de ir, casi creí verlo otra vez ahí, en su rincón de siempre. No estaba, claro que no estaba. No podía estar. Recuerdo el día en que Juan se fue. En realidad, recuerdo el día en que no encontré más a Juan en su lugar de siempre, porque la verdad es que ni yo ni nadie lo vio irse. Es raro. Alguien que pasaba casi todo su tiempo en el mismo lugar debería ser el menos difícil de detectar en el momento de su desaparición. Es cierto, quizás ocurrió justo en el instante en que nadie estaba pendiente de su presencia. Me doy cuenta de lo estúpido que fue lo que acabo de decir. Nadie nunca estaba pendiente de su presencia.

   Fue la única vez que Juan hizo algo diferente de lo que todos nosotros lo habíamos visto hacer alguna vez. Pero nadie estuvo ahí para presenciarlo. Se desvaneció tan fugazmente como había aparecido en un principio.