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EL HUECO

Carlos Catania

I

 

   Ha pasado mucho tiempo. Tanto, que debo hacer un esfuerzo por no perder la cuenta de los años. Un día que corre rápido me confunde y altera un poco mis nervios. Otro que se dilata, me aburre. A veces me acomete el mal humor. Pero no me importa nada de nada. Si por casualidad estos papeles permanecen siempre aquí, en las sombras, paciencia. A lo mejor, si se me da la loca, los meto dentro de una botella como hacían los náufragos de las historias de mar. Tal vez leyendo, la gente comprenda y se venga con nosotros. Nadie puede negarse a trabajar por los demás. ¿O sí? Trataré de ordenarme un poco o haré un verdadero lío. Para colmo de males, aparte de que no soy escritor, me resulta bastante incómodo escribir después de tanto tiempo. Espero sustituir de algún modo mi falta de práctica.

   Empezaré diciendo que durante el día nuestro padre trabajaba en la ciudad. Al atardecer se dedicaba a la pesca. De noche dormía en casa con mamá. De vez en cuando venían hasta el hueco y nos miraban sonriendo. Nosotros ni siquiera los veíamos, pero al día siguiente, si no había soplado viento, sus pisadas se veían frescas sobre la arena. Que habían sonreído era fácil adivinarlo porque no sabíamos de qué otro modo puede mirar un padre a sus hijos dormidos. Si alguno de nosotros decía, por ejemplo, estuvieron aquí mirando cómo dormíamos, tomábamos la frase por una formalidad algo idiota e innecesaria, pero nadie se burlaba ni hacía preguntas. Por otra parte, teníamos la costumbre de permanecer silenciosos el mayor tiempo posible, calladitos como momias, inmóviles y duros.

   Habíamos construido un cerco alrededor del hueco. En las horas de luz retirábamos los troncos y la paja. Nos gustaba mucho correr carreras hasta ese cerco, o golpear con la punta de los dedos los postes mientras girábamos. Pero salir del hueco era asunto serio. A duras penas podíamos lograrlo, sobre todo al principio, y solo a costa de grandes esfuerzos. Tratábamos en los posible de no golpearnos. Apenas cabíamos en el hueco y éramos un poco torpes de movimiento. Por eso, a pesar del cuidado que poníamos, alguno de nosotros, invariablemente, resultaba herido o golpeado en alguna parte de su cuerpo. Con todo lo considerábamos un juego entretenido y si se quiere ingenioso.

   La verdad es que se trataba de un juego. Se nos había ocurrido meternos en el hueco por propia voluntad y con la autorización de nuestro padre. Éste se mataba de risa con nuestras ocurrencias; jamás se le hubiera pasado por la cabeza forzar o frenar nuestros impulsos. Al contrario: nos alentaba en todo proyecto por más locos y absurdos que parecieran, y debo decir que a cada rato recibíamos, quién sabe de dónde, ese entusiasmo que nos permitía inventar toda una serie de combinaciones y planes extraños. Nuestra madre, en cambio, nunca intervenía para nada ni daba su opinión. En esa época la pobre estaba bastante delicada de salud. Solo fue a visitarnos una o dos veces. Yo no la he vuelto a ver.

   Para qué nos íbamos a engañar: el hueco no ofrecía muchas garantías. La construcción del cerco era más que nada una construcción de efectos morales. Cualquiera de nosotros, menos Patricia, hubiera podido saltarlo. Lo que sucedía era que contábamos con el orgullo de cada uno. Hubiera sido una verdadera vergüenza abandonar el juego por cansancio, por aburrimiento, o por miedo. Una vergüenza difícil de soportar.

   Lo primero que hacíamos al levantarnos era frotarnos el cuerpo unos contra otros, palmeándonos vigorosamente en las espaldas. Esto nos hacía entrar rápidamente en calor. Siempre sentíamos alegría de estar juntos al empezar el día. Después nos colocábamos en rueda para comer. Me atrevo a decir que este era el momento más formidable de todos: cuando desayunábamos con los ojos abultados de sueño. Debo advertir que casi todos éramos unas criaturas, pero que respetábamos a los mayores. Estos se encargaban de repartir las porciones lo más equitativamente que podían.

   Nuestra alimentación principal consistía en los animales que extraíamos de la misma arena. Los más raros de la laguna (bichos hoy desaparecidos) se nos ofrecían inocentemente, apareciendo de pronto en las paredes del hueco y rodando sorprendidos. Asimismo cavábamos hasta donde alcanzaban nuestros brazos. Al principio estos animalitos nos causaban cierta repugnancia, sobre todo por esas formas que tenían, tan indefinidas e inestables, y la rara contextura, tan blanda. Pero el hambre ablanda hasta las piedras. Sin darnos cuenta, transcurrido un tiempo, llegamos a comerlos con apetito e incluso con placer.

   Todo lo que llevo narrado puede parecer cosa de imbéciles, pero no es así. Hay que pensar que teníamos ganas de jugar porque éramos chicos e inquietos, y a cada paso encontrábamos distracción. Nos gustaba sobre todo apretar las orejas contra el fondo del hueco para oír el rumor cadencioso de la laguna. A menudo hacíamos apuestas. Pensábamos que así como la laguna nos enviaba sus bichitos, filtraría también parte de su líquido, paulatinamente, y algún día inundaría completamente el hueco. Decíamos: dentro de un mes, o dentro de cuatro o mañana, pero la laguna jamás apareció y pronto dejamos de hacernos problemas en este sentido. Sin embargo seguíamos apostando, más para distraernos que para otra cosa. Esto delataba (ahora lo comprendo) un pueril deseo, inconsciente, de verificar constantemente la cercanía del agua. Pero antes de seguir adelante quiero hablar de Ninna. Quizás tendría que haber empezado por aquí. No importa: ya he confesado que no soy escritor; desconozco formas y métodos.

   Ninna vivía cerca de nuestra casa, en la zona que hoy llaman Monte Zapatero. Mis hermanos al principio no la tuvieron en cuenta. La utilizaban para pequeños trabajos, pero apenas si la conocían. Que yo recuerde, nunca mencionaban su nombre durante las conversaciones. Para ellos, Ninna era un objeto más, en cierto modo necesario pero inútil, como las herramientas de una profesión que ignoramos. (Aquí debo hacer una aclaración: yo llamaba ellos a mis hermanos para abarcarlos a todos de una vez y porque en mi reducido mundo yo dividía a los que me rodeaban en tres grupos: mis padres, ellos y yo). Cuando recién dije que no conocían a Ninna, quise decir realmente, en su interior, a la verdadera Ninna. Aparte de ser tan chica como yo era tan alegre como yo y en cierto sentido nos parecíamos. Los dos teníamos un defecto que a menudo nos reprochaban ellos: al menor ruido de la laguna, ya fuera motivado por el viento, los pájaros u otra causa cualquiera, corríamos tomados de la mano, nos deteníamos frente a esa inmensidad de colores impacientes y variables, y allí nos quedábamos. Horas enteras inmóviles, olvidados de todo lo que nos rodeaba, absortos, suavemente angustiados.

   Nunca pude hacer comprender a los demás que esto no era una idiotez o un alarde de egoísmo como ellos pretendían. ¡Qué iba a ser! Si nuestro asombro se renovaba continuamente, día tras día, no se debía nada más que a una causa muy simple, nada del otro mundo. La rabia es que yo nunca me atreví a decirles (siempre he sido algo tímido) que lo que sentíamos tenía la dificultad de la simpleza para explicarlo: felicidad. ¿Cómo explicarles una felicidad? Eso era. Pero entonces quedábamos desarmados ante el razonamiento de ellos, que siempre hallaban argumentos precisos y todo lo sabían demostrar. Había en la vida (según ellos) cosas de mucha mayor importancia que la laguna a las que yo debía prestar la debida atención; una serie de obligaciones ineludibles que formaban parte de mi naturaleza y tradición. Así decían ellos. Eran argumentos irrebatibles (creía) y prefería callar. Pensaba que tarde o temprano descubrían la verdad en mi cara: nunca he sabido ocultar algo intenso sin delatarme. Comprendo sin embargo que mis hermanos, con legítima envidia, no soportaran que compartiera esos momentos sin ellos. Los sólidos vínculos que nos unían hacían extravagante cualquier desapego. Yo me convertí en una especie de oveja negra y desagradecida. Fue así que entablaron con Ninna una batalla muda, en la que el desprecio se mezclaba con la tolerancia (la forma más baja de la guerra). Mi amiguita era lo suficientemente inteligente como para advertirlo, aparte de que tenía una gran sensibilidad. A causa de esto sufría bastante, pero a fin de mantenerse a mi lado pasaba por alto algunos detalles hirientes (los desaires, esas cositas por el estilo). Ella adivinaba que detrás de todo estaba la ignorancia, y esto los hacía, a su juicio, un poco menos culpables, aunque no inocentes.

   Ahora pienso que el asunto de mis hermanos no era tan grave después de todo. Analizado a la distancia, sin pasión, aparece cruel, sí, pero explicable. Habíamos crecido en medio de una familia estrecha en un sentido espiritual. El odio y el amor jugaban a las cartas con nuestros sentimientos. A veces ganaba uno, otras veces el otro. Nuestro cariño de hermanos, por ejemplo, era intensivo pero resbaladizo. Puedo compararlo ahora con el deslizarse de las aguas sobre la costa gredosa luego de haberla golpeado con furia. Estábamos unidos con cierto dolor y más de una vez nos heríamos sin desearlo. Esta es una de las tantas cosas que siempre quedó confusa en nuestra vida de relación. No había nada que hacerle: detrás de los besos y alguna que otra alegría ocasional, yo sentía siempre un malestar, como si la convivencia exigiera soportarnos.

   Cuando el mayor de mis hermanos propuso el juego del hueco para probar que éramos valientes y grandes, y que podíamos (en cierta medida) prescindir de nuestros padres, los seis restantes aplaudieron inmediatamente la idea. Por un impulso instintivo no tuve más remedio que unirme a ellos, sin dejar de presentir, en mi interior, el desgarro que me producía separarme de mi querida amiga. Pero (pensaba), si todos estaban de acuerdo yo también debía estarlo. ¿Cómo no estar de acuerdo con ellos? Lo contrario (pensaba) hubiera sido desleal. El día de la despedida fue muy triste pero nadie lo supo.

   Me encontré con ella en un refugio del monte desde donde se veía una gran extensión de agua. Ninna lloró mucho. Yo le toqué la cara y sus lágrimas mojaron mis manos. Traté de calmarla diciéndole que siempre, de todos modos, estaría con ella. Ella por su parte me juró que jamás volvería a mirar esas aguas. No tenía sentido (dijo) mirarlas sin estar yo a su lado. Intenté justificarme desesperadamente, explicándole que yo me debía a mis hermanos, en primer lugar porque nos habíamos criado juntos, y además, ya que en el juego debíamos probar nuestra fortaleza, hubiese sido una cobardía abandonarlos (una vergonzosa cobardía, recuerdo que le dije). Ninna no abrió la boca el resto de la tarde (generalmente hablábamos muy poco); se limitó a pasar su mano por mi cabeza, pensativamente. Y esa misma tarde, poco antes de la noche, seguí a mis hermanos al interior del hueco. En medio del griterío, de las risas y de la aparente alegría, los dolores se atenuaron un poco. Pero seguramente presentí que acababa de perder lo mejor de mí mismo. Y ahora retomo el hilo.

   Habíamos instalado un equipo de señales para que en caso de sentirnos ya muy aburridos del juego, y previo acuerdo, pudiéramos llamar la atención de nuestro padre que no siempre se quedaba en casa. El equipo consistía en un par de botellas corrientes, de cuello corto, y vulgares cañitas voladoras. Ahora me causa mucha gracia. ¡Un equipo, decíamos! Bien mirado no tenía ninguna utilidad: las chispas rojas no se verían en la claridad del día y de noche nuestros padres tenían un sueño pesado y profundo. Por eso preferíamos el grito de ¡Padre! Era más cómodo y seguro, aunque no pensábamos utilizarlo jamás en caso de aburrimiento; en nuestro hueco, al principio, abundaban los motivos de entretenimiento.

   Poco a poco me fui dando cuenta de que la felicidad que yo había logrado con Ninna era muy grande. Eso no lo podía negar. Pero comparada con el lazo que me unía fuertemente a mis hermanos, tenía la desventaja de ser inasible. A pesar de ellos, en los momentos de mayor alegría, yo intuía claramente que algún día mis hermanos terminarían por hastiarse. Si los primeros tiempos eran tan cordiales (ahora lo pienso) se debía sin dudas a que en todos estaba instalada la idea apaciguadora de poder salir cuando quisieran. Era lo mismo que tener agua siempre a mano: de este modo cuando llegaba la sed, no se convertía en tortura, sino en placer. Con todo, este juego del hueco no fue completamente inútil, ni mucho menos. Sirvió para revelarme aspectos íntimos que ignoraba y para darme cuenta de lo poco que conocía a mis hermanos. Solo ahora comprendo que la penetración viva en las personalidades e inclinaciones de ellos, estaba en relación directa con mi alejamiento. Así era la cosa.

   Ya no puedo evocar exactamente el orden en que fueron saliendo mis hermanos, y hasta es probable que me equivoque. ¡Qué importancia tiene! Recuerdo que antes de que salieran todas, la más chiquita de nuestras hermanas murió en el hueco durante la noche. La culpa nos alcanzó a todos por igual, pues era demasiado débil para seguirnos en nuestros juegos. Nunca le habíamos dado mucha importancia a Patricia. Tal es así que cuando trepábamos al exterior para satisfacer ese deseo de aire y de luz que a veces nos enfurecía, la olvidábamos allí abajo. En esas esporádicas salidas nosotros lográbamos hacer desaparecer la humedad del cuerpo. Pero ella, desgraciadamente, que era un poco delicada de salud, absorbió la humedad y sus pulmones se llenaron, puede decirse, del vapor de la laguna. Según teníamos entendido, de la combinación de agua y sal, brotan brevísimas vidas que se agrandan.

   Nuestra hermanita murió la primera noche de agosto. Llamamos a nuestro padre. Nuestro padre llegó y dijo:

   

   —¿Dónde la han metido? Vamos a ver…

   

   La mayor de nuestras hermanas, que era la encargada de mantener encendidas las velas durante la noche (y que dicho sea de paso era muy hermosa y serena) apartó la manta que cubría el reducido cadáver. Patricia parecía dormir. Todos mirábamos a nuestro padre, esperando.

 

   —¿Cuándo ha ocurrido esto? –preguntó desde arriba con esa voz que siempre tranquilizaba.

 

   —Esta tarde –dije yo, mientras las lágrimas me caían de los ojos como dos cadenitas interminables.

   Nuestro padre se puso de rodillas. Introdujo su brazo derecho y alcanzó a rozarme con sus dedos el cabello y parte de la frente.

 

   —No llorés –dijo suavemente–. ¿Por qué habrías de llorar? Fijate en tus hermanos, querido. Ellos no lloran.

 

   Levanté la cabeza convencido de que nuestro padre era incapaz de mentir. Traté de ver en la oscuridad: no mentía. Casi todos mis hermanos tenían los ojos secos y parecían sosegados, aunque se advertía en todos un atisbo de compasión. El segundo de los varones, en cambio, se había puesto de cuclillas; miraba a nuestra hermanita con expresión de intriga y desconfianza, mientras hundía las uñas en la arena, una y otra vez, como un loco, deshaciendo frenéticamente los montoncitos que extraía. Los demás permanecían pegados a las paredes, inmóviles, blancos por así decir.

   —Era muy delicada –dijo nuestro padre–. No se preocupen, chicos. Hubiera muerto igual. No es culpa de ustedes. Tarde o temprano tenía que morirse. Yo lo sabía desde que nació. ¡Qué se le va hacer! Pensándolo bien es como si siempre hubiera estado muerta.

   Mis hermanos asintieron en silencio. Yo me atreví a protestar porque oscuramente me hacía responsable de esa muerte.

   —¡Padre! –exclamé sin levantar demasiado la voz–. ¡No es como si siempre hubiese estado muerta! Patricia hablaba con nosotros, compartía algunos juegos, se reía… Muchas veces hacíamos las cosas en función de ella, la besábamos, la tocábamos…Todavía ahora parece como si estuviera viva.

   Y no exageraba: la pequeña Patricia, aunque reducida increíblemente, conservaba su sonrisa, si bien un poco rígida y amoratada.  Recuerdo que en ese momento sentí un violento deseo de arrojarme sobre ella, cubrirla con mi cuerpo, darle calor, frotarla. Pero la voz de nuestro padre me detuvo.

   —¿No les parece, chicos, que el jueguito se prolonga demasiado? Ya han pasado siete meses. Además no se olviden de una cosa. Estamos en agosto. Este es el mes del dos cabezas. Siempre viene en este mes. No se olviden de eso. Ahora llegan los días de frío y en casa se está muy bien. Hay leña de sobra para todo el invierno. El sótano está repleto de provisiones. ¡No me digan que no extrañan una buena comida y una buena cama! –nuestro padre rió bondadosamente y luego agregó: –Vamos, ya es suficiente. Pueden enfermarse si siguen acá. En casa todo los espera como antes. Vamos…

   Mis hermanos corearon una débil excusa. También intentaron sonreír (y lo lograron) para hacer la demostración de sus fuerzas ante nuestro padre (que no insistió). Yo estaba terriblemente desconcertado. Le dije señalando a Patricia.

   —¿Y ella?

   —Ella es asunto terminado –dijo él con su voz inalterable–. ¿Cuántas veces querés que te lo repita? –se puso de pie, añadiendo desde lo alto: –Entiérrenla. Hagan un hueco dentro del hueco y entiérrenla.

   A nadie se le ocurrió protestar. Obedientes, nos movimos como autómatas. La única que no se movió fue mi otra hermana, la encargada de barrer el piso (fea y envidiosa hasta decir basta). Creo que tenía miedo. Los demás comenzamos a trabajar rápidamente, casi con fervor. En muy poco tiempo, utilizando sólo las manos, hicimos un agujero profundo y recto. Mis dos hermanos mayores tomaron a Patricia por los hombros y talones. Era una pluma. Con gran dificultad la depositaron en el fondo; la arena de los bordes se desmoronaba al más leve contacto de sus rodillas. Después arrojaron puñaditos de arena sobre ella, que no se veía, pero que respondía a cada golpe con un sonido parecido al eco de un tambor cuando se lo golpea suavemente con la mano. A medida que el piso se iba nivelando nuestro padre nos enardecía con palabras de aliento. El trabajo definitivo se limitó a unos pocos minutos intensos.

        

   Terminamos sudorosos, pegoteados de arena, aliviados y hasta satisfechos. Uno de mis hermanos (el más callado) tuvo la feliz idea de arreglar de tal manera el piso, que nadie, por más esfuerzo que hiciera, podía descubrir exactamente el lugar donde yacía Patricia. Cuando levantamos la cabeza nuestro padre había desaparecido.

 

II

   El invierno fue crudo. La arena húmeda se endurecía convirtiéndose en una masa de cristales brillantes y helados. No vimos cruzar un solo pájaro durante los tres meses que duró. ¿Qué se habrá hecho de los pájaros?, pensábamos. Mis dos hermanas, la hermosa y la fea, abandonaron el hueco una tarde luego de disculparse ante los que quedábamos. Nos burlamos un poco de ellas, de su debilidad, pero la despedida fue más bien sombría. Sin embargo, pensamos que la ausencia de ellas permitiría cambiar la perspectiva del juego. Debimos reconocer que eso nos alegraba porque en ese invierno el aburrimiento nos estaba ganando lenta pero implacablemente.

   Nuestras hermanas dejaron la novedad del vacío. Al principio nos divertimos un poco realizando las tareas que ellas habían tenido a su cargo: mantenimiento de la iluminación, limpieza general, tendido de camas, y otros trabajitos sin importancia. Tomamos por costumbre asomarnos todas las mañanas los cinco, a eso de las diez, luego de apartar los troncos y la paja, para saludarlas agitando los brazos. Ellas sacaban pañuelos y nos sonreían con ternura del otro lado del cerco. Nosotros jamás nos acercábamos: habíamos decidido de común acuerdo permanecer dentro del hueco el mayor tiempo posible para hacer la prueba más difícil. Sobre todo para demostrarles a ellas que no necesitábamos absolutamente nada del exterior. Nuestras hermanas nos gritaban cosas, pero no se oía nada. La lejanía del cerco y el constante rumor de la laguna, deformaba las voces y los gritos. Podíamos verlas, eso sí. Distinguíamos sus rasgos y todo. Nuestras hermanas nos mostraban caras alegres; tal vez un poco torpes a causa de esa misma alegría. Parecían sanas y bien alimentadas. Recuerdo que nos traían comida y la dejaban temerosamente junto al cerco. Por supuesto: allí quedaron, amontonados, todos los paquetes. Más de una vez estuvimos tentados, pero siempre, decididamente, se imponía el sentido común y ese orgullo extraño que nos sostenía. Por otra parte, sabíamos muy bien que esos paquetes encerraban la última esperanza vindicativa de nuestras hermanas.

   Ningún suceso quebró la monotonía de los meses que siguieron, salvo el hecho de que un día nuestras hermanas dejaron de venir, y a partir de entonces no volvieron más. Dos de mis hermanos, ambos menores que yo, se vieron muy afectados por esto si bien al principio no lo demostraron abiertamente. Los oía llorar de noche en los rincones peor iluminados del hueco, pero pensé que se trataría de algo pasajero: muchas veces habían luchado contra estas debilidades. El más chico tenía un físico robusto y grande; era una criatura y no creo que haya tenido nunca muy aclarados los objetivos del juego. Supongo que nos habrá seguido sin pensar demasiado, y por esta razón, tal vez, haya sido al principio el más bromista y charlatán. El otro en cambio era inteligente, mesurado, y tenía un cuerpo livianito, casi raquítico. Se llevaban muy bien entre ellos: para nosotros su compañerismo era proverbial. No me extrañó entonces que la depresión en que habían caído los afectara por igual; imaginaba que del mismo modo se produciría la recuperación. Pero me equivoqué: una mañana, con el pretexto de que querían ver un poco de luz, saltaron al exterior y ya no regresaron, ni siquiera para saludarnos desde el linde del cerco.

   Este hecho no me causó ninguna impresión. Nada. Por el contrario, algo se robusteció dentro de mí, porque las flaquezas de mis hermanos me daban la medida de mi propia fuerza.

   De los dos que quedaron conmigo el mayor era sin duda el más valiente. Recuerdo que siendo un chico todavía, mataba víboras con un palo sin perder nunca la serenidad. Se llamaba Sergio y yo lo admiraba. Era mi hermano preferido, incondicionalmente. Esto hacía que cualquier acción que él realizara, aunque yo no la comprendiera, me pareciera magnífica, única, grande. Me cautivaba sobre todo su firmeza ante los acontecimientos más simples; esa seriedad sobria, sin retrocesos, su carácter de una sola pieza. Hablaba poco, casi nada pero uno podía estar tranquilo y seguro a su lado. Yo estaba convencido de que él sería el último en abandonar el juego. De noche se quedaba dormido inmediatamente y no había ruido que lo despertara. Era el primero en levantarse para correr los troncos, de modo que el hueco se ventilara con el aire fresco de la mañana. Después apagaba las velas y procuraba el alimento para los tres: cuando nos despertábamos las tareas ya estaban realizadas.

   Mi otro hermano hablaba mucho y era más bien cobarde. Cuando era niño gritaba por cualquier estupidez. Se llamaba Dalmar y yo lo quería con un cariño muy distinto. A Sergio, por ejemplo, nunca me hubiera atrevido a contradecirle una orden. A Dalmar, en cambio, lo hacía enfurecer discutiéndole por el solo placer de discutirle. Pienso que Dalmar era débil y fácil de convencer. Yo me aprovechaba. También era simpático y algo atildado.

   Hablar de mí resulta más complicado. Siempre he tenido mucho más criterio para hablar de los demás. Puedo decir sin temor que envidiaba tanto a Sergio como a Dalmar, pero esto no debe entenderse literalmente. Ambos tenían algo que yo no había tenido nunca. Cada uno a su modo evidenciaba una línea tensa, firme, inalterable, una solidez de la que yo carecía. Los dos estaban condensados, por así decir. Para ser más claro: Sergio era valiente, como dije, y Dalmar cobarde; yo podía (y puedo) referirme a ellos en términos rotundos, concretos. Conmigo no podía (ni puedo) hacer lo mismo: yo no era ni tan valiente como Sergio ni tan cobarde como Dalmar. El último mes ocurrió algo que tal vez sea más explícito que esta pretensión de autorretrato.

   Habíamos terminado de cenar. Nos encontrábamos uno cerca del otro, los tres, formando nuevas palabras, que en ese tiempo se había convertido en el entretenimiento favorito. Consistía en crear un lenguaje hecho de palabras capaces de compendiar, con un mínimo de letras las más amplias generalidades. Así nacieron vocablos que todavía recuerdo, como mitoguna, que quería significar el miedo que sentíamos cada vez que se precipitaba una tormenta sobre la laguna; amonoscur o el amor que experimentábamos hacia la oscuridad de la noche. Gracias a este juego un nuevo idioma había nacido entre nosotros. Esto nos permitía ahorrar tiempo y fuerzas, porque a pesar de los estrechos límites del hueco, y el poco trabajo que exigía nuestra vida sedentaria, la falta de luz y la creciente humedad nos restaba vigor.

   Esa noche tejíamos nuestro vocabulario luego de cenar. Se había producido un silencio; los tres estábamos absortos, pensando. A través de los palos y del cañamazo que formaba la paja se colaba la opacidad muriente de la tarde. Nuestras caras se deformaban caprichosamente por los efectos temblorosos de luz y sombra. Era lindo estar así, abandonados totalmente a la quietud. De pronto (aunque sin mucha sorpresa al principio porque fue casi insensible) oímos un sonido extraño, algo así como un falso acorde musical, una vibración interrumpida a espacios más o menos regulares.

   Dalmar y yo nos pusimos lentamente de pie estirando las orejas como gatos, rígidos y conteniendo la respiración. A Sergio no se le movió un pelo. Permaneció indiferente, buscando palabras. Mientras nosotros escuchábamos, encendió tranquilamente las dos velas que tenía cerca suyo. El sonido se repetía intermitentemente. Nos miramos con Dalmar. Este dijo con voz insegura:

   —¿No será la laguna que crece y viene?

   —No –respondió Sergio–. Si el agua irrumpe en el hueco alguna vez, ¿vos te creés que se hará anunciar?

   —Sacudió la cabeza–. No. Esto es otra cosa. Cualquier otra cosa menos la laguna. La laguna no hace así.

   —¿Y qué es entonces? –preguntó con más curiosidad que temor.

   

   —¿Cómo querés que lo sepa? Escuchen sin moverse, por favor.

 

  Permanecimos inmóviles. El sonido no aumentaba su intensidad ni acortaba sus pausas, pero era absolutamente imposible adivinar de dónde provenía. Si nos concentrábamos en la pared del sur venía de allí; lo mismo ocurría si prestábamos atención a la del norte o a la boca del hueco en cualquier dirección, nos confundía. Creo que lo más aproximado sería decir que venía del aire, cosa bastante tonta y ambigua por cierto.

   —Parece una campana –dije yo por decir algo.

 

   Sergio negó lentamente con la cabeza, reflexionando, y Dalmar exclamó:

   —¡Ya sé lo que es! ¡Es el llamado del hombre de las dos cabezas!

   —¡Estás loco! –dijo Sergio con desprecio.

 

   —¿Por qué no? ¿Por qué no puede ser él?

 

   Se refería a un personaje del cual no he hablado todavía. Siendo joven nuestro padre había empleado un hombre para los trabajos que demandaba la pesca. Parece ser que era un hombre bueno, riguroso, de apariencia tranquila y poderosa constitución física. Dicen que se entendieron muy bien desde el principio, llegando a comer en la misma mesa y compartiendo todo. La gente que no los conocía y los veía pasar juntos, los tomaba por hermanos. Todo andaba bien, hasta que un día, inexplicablemente, el hombre comenzó a tomar vino en cantidades alarmantes. Lo encontraban tirado sobre los caminos, completamente borracho, o avanzando a los tumbos por las calles de Santa Fe. Nuestro padre tenía mucha paciencia: lo ayudaba siempre dándole la posibilidad de una rehabilitación. Por un día, a veces dos, el hombre se recuperaba, parecía arrepentido, avergonzado, andaba con la cabeza baja; pero siempre, como una maldición, volvía a prenderse de la botella. La situación llegó a hacerse intolerable para nuestro padre. Era cierto que le tenía gran simpatía, pero su conducta estaba a punto de hacerle perder el crédito que tenía entre la gente de la ciudad. Con mucho dolor le comunicó un día que habían terminado, que prescindía de sus servicios, que tomara sus cosas y se fuera.

   Dicen que el hombre no dijo nada. Tomó sus cosas y se fue silenciosamente. Pero volvió por la noche. Se asegura que volvió para matar a nuestro padre. Por suerte nuestro padre siempre ha estado prevenido contra cualquier peligro: tomó el hacha que tenía a mano y le partió la cabeza en dos. El hombre salió corriendo despavorido, con un trozo de cabeza sobre cada hombro (recuerdo que cuando era chico mucha gente comentaba al pasar nosotros: son los hijos del que le rompió la cabeza a fulano). Algunos afirmaron haberlo visto años después con la herida cicatrizada pero con dos cabezas inclinadas hacia los costados laterales del cuerpo. Esto, con el tiempo, dio origen a una historia que cobró cada vez más fuerza: la historia del dos cabezas como comenzó a llamársele. El hombre que, según los tejidos de la memoria (a veces la memoria teje demasiado fácilmente y rápido), había tenido celos de nuestro padre y de su propiedad. Según se decía, una de las cabezas producía en él pensamientos hermosos, como un reflejo de sus buenos tiempos. Con esta seducía a la gente. Con la otra imaginaba toda clase de torturas para sus víctimas. Sólo se salvaban los que enfrentaban, sin dejarse engañar, la primera cabeza. Nadie pudo explicar nunca muy bien en qué consistían los tormentos y la salvación. Era un detalle inquietante que siempre había quedado borroso. Por eso la duda flotaba desde hacía tiempo sobre todos los habitantes de la costa y de la ciudad.

   Nuestro hermano valiente, como decía, ante la afirmación de Dalmar, volvió a negar gravemente con la cabeza. Parecía nervioso y yo estaba pendiente de sus palabras. Luego dijo:

   —El dos cabezas, que yo sepa, nunca ha hecho ese ruido. Ni siquiera sabemos si hace ruido. Así que déjate de pavadas. Sos pura imaginación, vos. No es para hacer tanto escándalo.

   —¡Padre! –gritó de pronto Dalmar–. ¡Padre!

 

   Sergio lo enfrentó.

  —¡Callate imbécil! –gritó violentamente–. ¡Nuestro padre ya no vendrá! ¡Si tenés miedo andate, abandoná el juego, pero ni se te ocurra llamar a nuestro padre! ¡Ni se te ocurra! ¿De qué te sirve nuestro padre ahora, decime? ¿De qué?

   Dalmar estaba lívido.

   

   —¿Por qué decís que nuestro padre no vendrá? –dijo espantado-. ¡Decime por qué decís eso! ¿Por qué?

  —Hace tiempo que no viene –dijo Sergio dominándose–. ¿O me querés hacer creer ahora que no te habías dado cuenta?  –permaneció pensativo y su rostro se contrajo, como si pensara por primera vez en lo que iba a decir: –Me parece que se ha muerto.

 

   Dalmar dio un salto hacia él. Lo tomó de los brazos sacudiéndolo y llorando. Sergio no movió los pies de su sitio: pareció de piedra frente a la blandura de Dalmar cuya garganta se estremecía. En un segundo había perdido toda la calma y sus ojos tenían una expresión desconocida. Pero debo colocar las cosas en su lugar. Ninguno de los dos me impresionó. En absoluto. Yo trataba de no perder la continuidad del sonido. Sin que pudiera discernir muy bien la sensación que provocaban en mí esas ondas vibrantes, lo cierto es que evocaban algún pasaje, un gesto, una acción lejana, qué sé yo. Dejaba caer sobre mi conciencia, como un cuentagotas, una mancha difusa que la memoria trataba de recomponer.

  —¡No es cierto! ¡No puede ser cierto! –gritó Dalmar golpeando frenéticamente el pecho de Sergio. ¡Nuestro padre no ha muerto! ¡Estás mintiendo! ¡No es cierto!

Mi hermano mayor lo tomó enérgicamente de las muñecas. Le habló tan cerca de la cara que el otro debió echar la cabeza hacia atrás.

   —Yo no dije ha muerto, sino me parece. Y dije me parece porque no estoy seguro y no me gusta hablar de más. Hace tiempo que nos ha dejado solos – Sergio mordió las palabras–. ¿Dónde están las pisadas sobre la arena, decime? ¿Dónde están? De noche ya ni siquiera sentimos su presencia. Recién te pusiste a gritar dos veces como un loco y sólo te respondió el silencio. El asqueroso silencio.

   —¡Dejame gritar otra vez! –suplicó Dalmar–. ¡Te apuesto lo que quieras que viene y nos toca la cabeza como antes! ¡Una vez, Sergio! ¡Una sola vez! ¿Sí?

   Sergio se apartó de él retrocediendo con una extraña sonrisa. Fue a apoyarse en el otro extremo del hueco. Desde allí miró con desprecio la figura excitada de Dalmar. Con una voz que no me pareció tan firme como antes, dijo:

   —Gritá.

   Dalmar inspiró con fuerza levantando la cabeza. En ese breve instante los tres oímos el sonido más claro que nunca. Dalmar titubeó, pero enseguida lanzó el grito:

 

   —¡Padre!... ¡Padre!...

   Nada sucedió. Mi hermano repitió dos o tres veces el grito con el mismo resultado. Por fin, ronco y vacilante, cayó de rodillas ocultando la cara entre las manos, sacudiéndose. Sergio, entre tanto, se mantenía callado pero tieso, lo que ponía de manifiesto cierta inquietud. En cambio yo no me hallaba preocupado ni sorprendido. Era como si toda mi vida lo hubiese estado esperando. Trataba de no perder la continuidad del sonido, y me daba rabia porque los sollozos de Dalmar me impedían escuchar con claridad.

   Este hecho me define. Más de una vez, por no decir siempre, una preocupación común de la familia me arrojaba fuera del círculo. Cuando con mayor fuerza se requería mi consideración y entusiasmo, yo ponía los ojos, inconscientemente, sobre cosas triviales o imaginadas. Este fenómeno había creado una aureola de rareza alrededor de mi persona. Los que alternaban conmigo en ocasiones me querían por original, y en otras me rechazaban por pedante. Yo no creía ser ni lo uno ni lo otro. Sólo envidiaba, repito, esa unidad que caracterizaba a los demás; tenía un poco de todos sin ser ninguno de ellos.

   El sonido, a partir de aquella noche, se repitió más o menos a la misma hora sin que variase su intensidad y duración. Dalmar se tranquilizó casi completamente, aunque adelgazó mucho. Hablaba durante todo el día. Llegó a hacerse inaguantable, sobre todo porque repetía las mismas cosas cambiándoles el sentido. Sergio por su parte se cubrió con una capa de hielo y no hubo modo de hacerlo hablar. Respondía con monosílabos o gestos bruscos. Yo, debo confesarlo, recién comenzaba a sentirme a gusto dentro del hueco. Me había acostumbrado a desentrañar cada uno de sus rincones. La humedad me regocijaba. Todas las mañanas ordenaba los pocos elementos que teníamos. Estas actividades me indicaban que había asumido, sin proponérmelo, la dirección del hueco. Pero el momento de mayor placer, el más vehemente por así decir, era el momento del sonido. El sonido llegaba con el crepúsculo luego de la cena, y yo buscaba una posición cómoda para no perder una sola onda de sus estremecimientos. Estoy seguro que Sergio y Dalmar habían dejado de oírlo. Eso me producía mayor placer.

   El sonido, como creo haber dicho, tenía una influencia rara sobre mí. Como era inexplicable, yo le daba formas. Por raro que parezca imaginaba tocarlo y aún abrazarlo. Lo convertía en una red de camalotes de cristal suspendida en el aire, sobre la laguna, o bien en un pasadizo de anillos de oro ligados por un suave tul, a través de los cuales se deslizaba de ida y de vuelta, interminablemente, sin tocar nunca los extremos, el temblor melancólico de una vieja trompeta (ahora no sé por qué tenía que ser vieja). Todas estas imágenes y otras por el estilo tenían la virtud de traerme recuerdos abstrusos, de una ambigüedad que me provocaba dolor y placer al mismo tiempo. En este sentido me parecían que eran una prolongación de infinita de mi ser. A los pocos días descubrí satisfecho (pero lleno de ansiedad) que mientras el sonido persistiera yo no tenía ninguna necesidad de abandonar el hueco.

   Como era de preverse, Dalmar nos dejó subrepticiamente una tarde. Ni siquiera comentamos esto con Sergio. A la semana siguiente pudimos ver a nuestro hermano agitando los brazos desde lo alto del Monte Zapatero. Le respondimos agitando pañuelos por encima de los troncos con lo que quedaba establecido que lo habíamos perdonado. A partir de entonces no pasó un solo día sin que Dalmar nos visitara desde lejos, exponiendo su silueta estirada y magra, de pie, casi al borde de la barranca.

 

III

 

Corrieron los meses tan insensiblemente como los granos de arena cuando cambian de lugar. De tanto en tanto descubría dentro del hueco a Sergio con el que no cambiaba una sola palabra. Prácticamente nos tratábamos como dos desconocidos. Yo pensaba muy seguido en la cercanía de nuestra casa y en mis otros hermanos. El recuerdo de todos los que habían compartido una parte de su existencia conmigo, aparecía con perfiles cada vez más oscuros. Mientras tanto, cuando las sombras se echaban como una manta sobre la muerte del día, me deleitaba con el sonido, lo único que quedaba.

   Un día Sergio se incorporó, atravesó la cueva y se detuvo a mi lado. Lo miré presintiendo que algo grave le pasaba. Me dijo:

 

   —Hoy cumplo años. ¿Sabías? Treinta años. 

 

   —¿Y cómo lo sabés? –Yo estaba sorprendido por el hecho de que Sergio hubiera roto su mutismo y por la inseguridad de su voz.  

 

   —Treinta años– repitió él–. ¿Cómo no saberlo?

 

   Su voz cambió; se hizo presuntuosa. Pero me pareció que sólo se trataba de una falsa seguridad, como si se hubiese dispuesto de antemano ser agresivo. Le pregunté si había llevado durante todos esos años una cuenta exacta de esos días. Sergio sonrió poniéndose de cuclillas. Pude ver su rostro con atención después de tanto tiempo. Una suave barba negra, con engañosos destellos rojizos, le bordeaba la cara. Sus rasgos, en especial los ojos, mantenían la firmeza de siempre, pero creí notar cierta expresión tierna en general. Una especie de espíritu benigno se había posado sobre su cara.

   —No me ha hecho falta ningún almanaque –dijo–. ¿Cómo no darse cuenta cuando uno llega a los treinta años? –agregó a su sonrisa un ligero acento de dolor–. He pensado mucho sobre todo esto, te aseguro. A veces… ¿sabés?, me despierto de noche y miro por los agujeros de los troncos. Veo… –Se interrumpió.

   —¿Qué ves?

   

   —Nada –respondió–. No veo nada.    

   —Por qué decís entonces que ves?

  —Es un modo de hablar –Se excusó Sergio–. Quiero decir que imagino cosas afuera. Cosas que me atraen.

   —¿Cosas que te atraen? ¿Qué cosas?

 

   —No te puedo explicar, hermano. Algo que me excita. Algo que me hace temblar.  

   —No te entiendo. No entiendo nada. ¿Qué es lo que querés en definitiva? ¿Te pasa algo?

   Sergio no respondió; me miró fijamente con una expresión estúpida, blanda, que me incomodó bastante. Cuando habló lo hizo empleando una palabra que habíamos inventado los dos en broma, jugando. Mejor dicho: que había inventado él y que nunca pensábamos usar.

 

   —Horabanju –repitió Sergio–. Horabanju, horabanju… –repitió para que no me quedaran dudas.  

Eso quería decir exactamente: ya es hora de abandonar el juego.

   —¿Vos querés irte? –pregunté con un hilo de voz–. ¿Vos, Sergio?

 

   Mi hermano asintió lentamente como era costumbre suya, pero enseguida debió advertir algo en mi cara porque añadió sin mucha seguridad, casi humildemente:

 

   —Nos iremos los dos, por supuesto.  

 

   Clavé los ojos en él penetrándolo, desnudándolo con toda intención. Sentí que algo se partía en mi interior. Una conexión que antes había funcionado se interrumpía. La línea de un pensamiento se doblaba como un alambre de cobre. Un viejo concepto endurecido quedaba muerto, patas para arriba, en ridículo. Algo se resquebrajaba en fin; algo que me producía perplejidad y dolor, y unas terribles ganas de insultar.  

Me puse serenamente de pie (lo más serenamente que pude). ¡Qué lejos vi a Sergio de mí! ¡A kilómetros! Un suave velo, antes inadvertido, fue liberando mis ojos. Mis pupilas quedaron desnudas, descarnadas, al aire. Me sentí fuerte, casi poderoso, único; un calor agradable trepó por mi espalda. Tuve ganas de acariciar a mi hermano como se acaricia el lomo de un animal, y confesarle la tremenda compasión que sentía por él. Sentí deseos de gritarle que se afeitara la barba, que tomara sol y que viniera abrigadito y confortablemente, ya que era en definitiva un perfecto, rotundo y formidable imbécil. Pero en cambio le dije:

   —Yo me quedo, Sergio.

   —¿Te quedás? ¿Solo?

   —Solo –respondí fríamente–. ¿Qué haría yo ahora entre gente como ustedes? ¿Qué puedo hacer ahora si nuestro padre ha muerto? Ustedes me entusiasmaron hace años y yo los seguí, porque pensaba que era mi deber ser igual que ustedes. No quería que algún día me lo reprocharan. ¡Pero qué deber ni deber! Me siento libre y en paz. Lo único que lamento es haber dejado afuera lo mejor de mí mismo. Pero ya es tarde y no me quejo. ¿Cómo pretendés que salga con vos, Sergio? ¿Estás mal de la cabeza? ¿Me creés de veras tan idiota? Si quiero recuperar algo lo encontraré aquí, en las tinieblas de este hueco. Está lleno de sombras y es algo incómodo, pero uno sabe a qué atenerse. ¡Te regalo tu sol, hermano! ¡Tu sol que encandila! ¡Andá, te lo regalo! ¡Podés quedarte con todo eso que te hace temblar! ¡Yo me quedo!

 

   En ese momento comenzó a oírse el sonido. Comprendí que a partir de ese instante quedaba a merced de mi propio ser. El juego había terminado definitivamente y Sergio ya no contaba; lo miraba desde las alturas. Sin embargo, tal vez por una cuestión de educación (falsa) él prefirió seguir hablando y hablando para justificar su actitud. Lo escuché con un sentimiento de repulsión increíble. ¡Qué orgullo tan tremendo me sacudía! Tuve pena de Sergio: trataba desesperadamente de rellenar las grietas sospechosas y cerrar las puertas que él mismo había abierto. Sus argumentos eran menos para convencerme que para no tener que reprocharse más adelante el haber dejado algo en suspenso.

   Se fue al otro día con una dignidad equívoca, lastimosa. Evitó mirarme a los ojos. Me saludó luego desde la barranca del monte. Vi que se acercaba a él la figura elegante de Dalmar y se abrazaron contra el frío metal del cielo. Yo me deje caer al fondo, asqueado. Allí aguardé la llegada del sonido.

 

IV

   Y ahora hablaré del sonido; es decir, de cómo, finalmente, llegué a descubrirlo. No sé si voy bien encarrilado, pero mi intención es ser lo más claro posible. Aún antes de que Sergio se fuera algo me decía que solamente estando solo podía yo descubrirlo. Después de esto habré llegado al fin y nada quedará por decir.

   Comencé por plantearme el problema del lugar de procedencia. Nada llega de ningún lado. No creo en historias. El sonido debía tener necesariamente su causa física, su origen. Se oía; algo sonaba.  No podía ser alucinación de los sentidos. Descarté inmediatamente todas las historias pueriles del dos cabezas. Me dispuse a servirme de mí mismo y con mi sola razón.

   Ya he dicho que el sonido parecía proceder, según se prestara atención, de aquí, de allá o de más allá. No me quedaba pues otra alternativa que actuar por exclusión. Deseché inmediatamente la posibilidad del fondo del hueco. Pensé que ahí no podía haber otra cosa que la pequeña Patricia. Me concentré por lo tanto decididamente en las paredes. Si a medida que yo avanzara el sonido aumentaba de intensidad, quería decir que me estaba acercando. Si ocurría lo contrario debía dejar de cavar y dirigir mis esfuerzos en otro sentido. Existía también la posibilidad de que el sonido proviniera del exterior. En ese caso mandaría todo al diablo conformándome con la incertidumbre.

   Comencé con la pared del norte dedicándole casi dos meses. Si bien la arena no es tan dura como la tierra, se corre el riesgo de los derrumbes sorpresivos. Yo tuve muy en cuenta este detalle. Realicé este trabajo lenta y pacientemente. Ponía mucho cuidado y utilizaba exclusivamente las manos. Pronto comenzaron a dolerme las puntas de los dedos. Además estaban los nervios. Mientras excavaba debía realizar a menudo inspiraciones bruscas para contener la excitación que me dominaba. Al término del segundo mes verifiqué, sin mucha contrariedad, que me estaba alejando del sonido: desde el extremo del angosto túnel abierto se oía mucho más débil.

   Volver la arena a su lugar fue más trabajoso que la propia excavación. No obstante yo era feliz. La misma ansiedad me producía felicidad. Pero contenía estas ansias, las controlaba con esfuerzo, para hacer las cosas como debía, prolija y lentamente.

   La pared del sur fue aún más dificultosa. La arena, de ese lado, era compacta, endurecida, semejante a la arcilla. Tuve que reemplazar las manos por un trozo de lata oxidado, resto de una palmatoria. El trabajo fue sin embargo más lento que el anterior: el cansancio se había acumulado en mi cuerpo. Tenía los brazos doloridos de las uñas a los hombros. Los tirones en la espalda me hacían saltar como un resorte. Varias veces me eché a rodar tomado de una pierna, acalambrado. Otras debía golpear mis antebrazos desesperadamente para evitar el agarrotamiento. Ni hablar de la falta de aire. A medida que cavaba se enrarecía. Esto me obligaba repetidamente volver al hueco central, como comencé a llamarlo. Allí realizaba algunas inspiraciones profundas para oxigenar la sangre. Si estas pausas obligadas coincidían con la hora, mi único esfuerzo residía en sacar el brazo para saludar a mi hermano Dalmar, que cada vez me parecía más saludable. Rara vez pensaba en Sergio, quien dicho sea de paso jamás volvió, ni siquiera para saludarme.

     

   El sonido daba comienzo al atardecer. Durante el resto del día me consumían la impaciencia y los nervios. Aprovechaba estos largos intervalos para caminar. Lo hacía en círculo, naturalmente, y durante horas. Contaba las vueltas o tarareaba alguna marcha que me habían enseñado de niño. Esto aflojaba mi tensión, pero por otra parte me agotaba. Cuando más necesitaba de mi cuerpo peor me respondía. Sin embargo, muy lentamente, paso a paso, fui aprendiendo a controlar mi estado de ánimo. Me costó días, semanas, meses, pero finalmente lo logré. Entonces comprobé que el tiempo que yo le dedicaba al sonido era realmente muy poco: solamente podía ir en su busca mientras lo oía y duraba, nada más, sin contar las pausas que me concedía para renovar el aire y saludar a Dalmar.

   No puedo afirmar con exactitud cuánto tiempo me llevó descubrir que finalmente me acercaba al sonido. La cueva de la pared del sur tenía ya más de quince metros de longitud. Un día caí en el extremo del túnel respirando con gran dificultad. Era la hora aproximada del sonido y lo sabía. Esperé. Cuando comenzó sonó de manera distinta. Quedé paralizado y sacudido por dentro, tratando de que el aire no se agitara alrededor. Aguardé un instante todavía. Luego no tuve dudas: el sonido se oía un poco más cerca.

   A pesar de la falta de aire me puse a raspar la pared con más energía que nunca. Unos pocos centímetros bastaron para confirmar mi confianza: ese era el camino. Me aproximaba. Creo que perdí el dominio, enfureciéndome hasta gritar. Empecé a trabajar en forma rabiosa, casi histérica, llorando como un chico y raspando al compás mental de ya está – ya está – ya está. Pero la asfixia me hizo detener, y probablemente eso me salvó de la locura. Varias veces di vuelta la cabeza, irritado, tratando de absorber el aire que flotaba en el hueco central, quince metros más allá. La vela que tenía a mi lado apenas iluminaba con una llama mezquina, engañosa; las paredes laterales parecían moverse peligrosamente por efecto del juego de sombras. Ahora sonrío, porque pienso que nada me hubiera costado retroceder, limpiar mis pulmones con el aire de la playa y retornar a la galería. Pero mi obsesiva ambición, el miedo a que el sonido cesara, fueron fuerzas más poderosas que cualquier razonamiento.

   El sonido cambió luego, pero no de lugar, sino de forma. Quedé maravillado. Parecía el canto de una muchacha. Alguien cantaba por lo menos. Repetí en voz baja la palabra alguien. Sentí chorrear la transpiración sobre mi cuerpo afiebrado. Alguien. Los ojos me ardían. Si había alguien más allá, tal vez a pocos centímetros (este pensamiento me enloquecía), podría oírme a mí si yo cantaba. Traté de levantar el pecho con el poco aire que me quedaba. Lo conseguí. Lo hice pasar violentamente a través de la garganta reseca. Un lamento largo y raro salió de mi boca; el sonido, del otro lado, se calló entonces inmediatamente. Este triunfo me hizo temblar de placer y renovó un poco mis fuerzas prácticamente terminadas. Repetí el grito pero me dieron náuseas. Aguardé en silencio. Al poco rato el canto se oyó nuevamente. Miles de agujas comenzaron a atravesarme el cuerpo. Me sacudieron los escalofríos. El sonido iba ahora acompañado de una intención. Creo que me reí. Tuve fuerzas para insistir todavía una vez más: todo se reprodujo. Después mi cerebro perdió continuidad, estalló en fragmentos y me abandoné casi con ansias a las sombras que me envolvieron.

 

V

 

   Cuando abrí los ojos un aire fresco había secado mi transpiración. Tiritaba. Me sentí afiebrado y sin ganas de hacer nada; los brazos me dolían. Estaba en el mismo sitio, y a pesar de todo, la sensación general que tenía era más bien agradable. Desde mi posición podía observar el resplandor de la vela que había dejado encendida en el otro extremo. Temblaba con movimientos ondulantes, caprichosos, como bailando una danza sensual. Mi voluntad me había abandonado. Ni siquiera hacía esfuerzos por tragar la saliva que se amontonaba debajo de mi lengua. Ya había visto la sombra que me atravesaba las piernas, alargándose delante mío hasta convertirse en una delgada franja recta. Me mantuve inmóvil retardando a propósito aquel momento, con una voluptuosidad que nacía de mi cansancio. Antes de que me diera vuelta su mano se apoyó sobre mi hombro. Pensé que allí no había nada de ridículo ni de casual, ni cosa alguna que produjera vergüenza o miedo. Por fin me volví lentamente con los ojos entornados: se había establecido una corriente de aire y del otro lado llegaba un resplandor. Y ella me dijo con su voz de siempre:

   —No he mirado el agua.

 

   —Ya lo sé –respondí yo, pensando en la gran imaginación que yo había desplegado respecto del sonido: ninguna de las formas que había creado se asemejaba al canto de una muchacha. Le pregunté:

   —¿Por qué cantabas siempre a la misma hora?

   Ella me rodeó los hombros con su brazo.

   —Cantaba porque era la hora más difícil para mí: aquella en que el día no se ha ido del todo ni la noche ha ocupado totalmente su lugar. Tenía miedo porque era la hora de la melancolía y no quería abandonar el juego que me habían obligado a jugar.

   —¿A vos también?

  —Sí… Habíamos cavado un hueco en la arena que nos parecía muy cómodo. De noche nos metíamos adentro todos juntos, y los palos nos protegían de las tormentas y los animales. A veces teníamos miedo.

   —¿Llamaban a tu padre cuando tenían miedo?

 

  —Sí –se entristeció ella–. Nuestro padre llegaba, nos daba una palmadita a cada uno y todos nos quedábamos dormidos. Pero más adelante no vino más. Lo llamábamos y no venía. Dejó de venir y tuvimos miedo.

   Me incorporé penosamente y la tomé de la mano.

 

   —¿No sentiste vos también –le dije– que a medida que tus hermanos te abandonaban, crecían en vos las fuerzas junto a la decepción y el amor?

   Ella no respondió pero dijo que en los ojos. Guardamos silencio. Yo hubiera permanecido así toda la vida. Tenía ese agotamiento feliz que sigue al alivio de una gran preocupación. Luego ella dijo:

   —Vení a mi hueco. ¿Querés venir a mi hueco?

 

   La seguí olvidándome del cansancio. Caminamos a gatas. Su hueco era similar al mío, aunque mucho más alegre y ordenado. Tenía un agradable olor a mujer. Desde la abertura se veían las luces lejanas. Muchísimas luces alineadas. Era la ciudad encendida. ¡Qué lejos estaba!

   —¿Habrá otros huecos? –le dije.

   —Creo que sí –respondió ella–. Ayer a la tarde he oído un sonido.

   —Ya averiguaremos.

 

   —Sí.

   Recorrimos el camino de vuelta y desembocamos en mi hueco. A ella le agradó mucho el hecho de que apenas asomando la cabeza se vieran los árboles del monte zapatero y la barranca, brillando a la luna. Yo le conté lo de Patricia. Se acarició el mentón pensativamente. Luego tocó con la punta de los dedos el lugar y cantó su canción de la tarde. Enseguida le conté lo de Dalmar comunicándole que podíamos verlo todos los días o siempre que quisiéramos.

   Al otro día lo vimos en el lugar de siempre, de perfil al cielo, erguido, elegante, levantando el brazo. No perdí la oportunidad de hacerle una broma. Saqué los dos brazos afuera pidiéndole a ella que hiciera lo mismo. Cuando mi hermano vio cuatro brazos que asomaban por la boca del hueco, retrocedió sorprendido. ¡Pobre Dalmar! En ese momento me di cuenta lo mucho que lo quería. Pero no había nada que hacerle: él estaba destinado sólo a tratarme desde fuera del hueco. Nos reíamos mucho con ella. Era la primera vez que realmente reíamos después de varios años. Creo que seguimos riendo hasta muy avanzada la noche.

 

VI

 

   Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Tanto que debo hacer un gran esfuerzo para no perder la cuenta de los años. Un día que corre rápidamente me confunde y altera un poco mis nervios. Otro que se dilate demasiado, me aburre; a veces me acomete el malhumor. Pero generalmente estoy bien. De cada rincón de mi hueco brota una extraña felicidad y tengo muchas cosas en qué pensar. Quizás demasiadas. Hay ya una infinidad de huecos que desembocan en el mío y esperamos que muy pronto superemos en número a los de afuera… Dalmar hace rato que no aparece por su barranca y supongo que ya no aparecerá más.

   Respecto a Ninna debo decir que he compartido con ella lo mejor de mí. A esta altura eso no será una novedad. Poco a poco una vanidad floreció entre nosotros: la de estar convencidos de la verdad húmeda y sombría de nuestro hueco. Nunca nos encandiló el sol ni nos dejamos atrapar por el recuerdo confortable de la vieja casa paterna. Siempre tuvimos presente que en el juego, a pesar de todo, habíamos salido vencedores, y que la verdad del hueco, a causa de las sombras, era resplandeciente y firme como una roca. Debo decir por último que una sola vez salimos al exterior: cuando Ninna murió. Al morir ella era aún más hermosa y cantaba a la hora de la melancolía. Me había pedido que la arrojara al agua y no pude negarme. Al día siguiente, cerca de la medianoche, la arrastré lentamente por la playa hasta el pie de la laguna y las breves olas se la llevaron.

   Cuando las tormentas de viento y lluvia azotan estas playas, algunas gotitas de agua suelen caer sobre mi mano. Yo las miro un instante. Luego las bebo. Pienso que han rozado el cuerpo de Ninna, pero nunca me entristezco ni llego a la desesperación. Por el contrario: extraño mucho su sonrisa y su canto. Suelo pensarla durante días enteros. A veces, mientras juega sobre la arena, mi hijo pregunta por ella.

 

 

Guadalupe, 1962/1963.

 

[De La ciudad desaparece, Santa Fe, Ediciones Colmegna. 1966.]