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EL CANTO Y LOS SIRENOS

Leonel Cherri

   El 9 de enero de 1493 Cristóbal Colón deja constancia en su diario del encuentro extraordinario del que había participado su Almirante que, cuando “iba al Río del Oro, dijo que vido tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintas, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo que otras veces vido algunas en Guinea, en la costa de la Managueta”.

   Las sirenas son, en efecto, un caso paradigmático de las relaciones entre “figura” e “imagen”. Su recorrido transfigurativo constituye una de las supervivencias claves de la cultura a lo largo de la historia y del mundo. En las vasijas griegas las sirenas eran seres mitad mujer y mitad pájaro. Pero desde la edad media hasta nuestros días (como nos muestra La sirenita de Disney) podemos ver el recorrido de canonización de una nueva figura: las plumas han sido remplazadas por escamas, la sirena ya no tiene garras sino una cola de pez (ver Fantasmas de Daniel Link).

   En la literatura occidental el encuentro fundamental con las sirenas es el que tiene lugar en la Odisea.  Sin embargo, con la literatura del Nuevo Mundo se abre un camino lateral. Las sirenas, ahora masculinizadas (sirenos deberíamos decir), exponen el terror a lo desconocido y la fiebre imaginaria con la que inicia la teodicea colonial: el deseo o el impulso por reconocer (y, a la vez, instaurar) órdenes mitológicos, culturales e imaginarios. Esos órdenes son parte de un mismo movimiento que, aunque complejo, es bien evidente puesto que está señalado por la supervivencia figural de las sirenas: inicia con la extinción del matriarcado (el “mundo loco” de Medea) ante el surgimiento del patriarcado griego (cuando despluman las sirenas), y pasando por Tordesillas llega al Nuevo Mundo del mismo modo que aparece en “Guinea” o “en la costa de la Managueta”.

   En “La imagen de América Latina” (1973), Lezama Lima lo ha expresado en otros términos: “La gramática latina y la disciplina regionaria peinaban verbos y reducían naturaleza e instintos. Así, se ha podido afirmar que en la raíz de la expresión hispánica está la lucha entre la gramática latina y el celta rebelde. Y en los más grandes escritores nuestros, de Sarmiento a Martí, ese combate perdura con una eficacia que aconseja su permanencia”. La permanencia de la que habla Lezama no es de nada sino de una tensión, no ya entre civilización y barbarie sino entre patriarcado y matriarcado, o mejor, entre cultura e imagen. Es decir, por un lado la pasión clasificatoria de los dioses griegos; y por el otro las sirenas, monstruos ctónicos y deidades matriarcales, que se nos presentaran como la pura potencia de desclasificación: el canto.

   Está en lo cierto Noé Jitrik, Cristóbal Colón no es el punto de inicio de nada, aunque sí, los elementos o nudos que en él se encuentran podrían constituir una constante que “con toda la cautela del caso, caracterizaría la escritura latinoamericana” (Historia de una mirada, 1992). Constante que ya se percibe en el cronista de indias que, como dice Lezama, “lleva la novela de caballería al paisaje”. Entonces, si en el Diario de Colón los sirenos saltan junto con los delfines sobre la costa, Bernal Díaz del Castillo puebla al bosque de hechizos, como así también los viejos bestiarios y fabularios son la forma de reconocer la flora y la fauna del Nuevo Mundo; la misma fiebre imaginaria hará que Gonzalo Hernández de Oviedo llame “dragones a los lagartos” y que cada animal recién descubierto lleve “a los conquistadores al recuerdo de Plinio el viejo” (464). Concluye Lezama:

 

América, en los primeros años de conquista, la imaginación no fue ‘la loca de la casa’, sino un principio de agrupamiento, de reconocimiento y de legítima diferenciación […] La imagen producida por ese espacio que conoce, que crea una gnosis, nos cubre como una placenta que conoce, que nos protege del mundo ctónico, de la mortal oscuridad que nos podía destruir antes de tiempo. […] Así como Europa […] ha marchado desde las fábulas a los mitos, en América hemos tenido que ir de los mitos a la imagen. En qué forma la imagen ha creado cultura, en qué espacios esa imagen resultó más suscitante, cuándo la imagen ya no puede ser fabulación ni mito, son preguntas que sólo la poesía y la novela pueden ir contestando. Y sobre todo en qué forma la imagen actuará en la historia, tendrá virtud operante, fuerza traslaticia para que las piedras vuelvan a ser imágenes.

 

   La pregunta de Lezama es crucial: ¿qué forma de imaginación se necesita para que las ruinas de la cultura (las piedras) puedan supervivir (vuelvan a ser imagen)? Por un lado la imaginación hispánica ha presentado la imagen de Hispanoamérica como una placenta originaria que como un huevo nos aísla de la mortal oscuridad del mundo ctónico, es decir, del mundo de las sirenas que, como escribió Kafka, “abrían sus garras acariciando la roca”. Pero como la placenta y el huevo no están para proteger sino para abrirse sin oponer resistencia, la cualidad de la imaginación novomundana es bien diferente.

   Recordémoslo una vez más: si redimere significa originalmente comprar de nuevo, en esa readquisición de lo viviente, la cultura (como placenta engañosa, dispositivo clasificatorio y máquina dilemática) queda del lado de la muerte y la imagen (como canto y potencia de desclasificación) del lado de la vida (Link, Suturas). En ese sentido, la readquisición de lo ctónico (lo térreo) sería la posibilidad de vida (de sobrevida) en la cual las piedras volverían a ser imagen. ¿Esa fuerza translaticia podríamos encontrarla, entonces, en las sirenas?

   Aunque “sólo la poesía y la novela pueden ir contestando” la pregunta de Lezama, es sin embargo Hegel –siempre polémico con el Nuevo Mundo [Neue Welt] –[1] el primero en afiebrarse por la imago. En una de sus reflexiones sobre la naturaleza, Hegel sostuvo que, aunque el colorido del plumaje de los pájaros del sur tropical sea superior al de los pájaros del norte frío, estos últimos “cantan mejor, como por ejemplo el ruiseñor y la alondra, que no existen en los trópicos”. Ese déficit musical tan específicamente americano quizás no se deba –reflexiona Hegel–  tanto al calor tropical como al hecho de que los habitantes de la selva tengan voces chillonas, de modo que “el día en que dejen de oírse en las selvas del Brasil los sonidos casi inarticulados de hombres degenerados, ese día muchos de los plumíferos cantores producirán también melodías más refinadas”.[2]

   Tal vez Hegel esté en lo cierto. Sin embargo: ¿quién dijo que esos chillidos provienen del canto? Como Kafka precisó, las sirenas poseían un arma “mucho más terrible que el canto: su silencio”. En ese sentido, la política del silencio no tiene por correlato simplemente escuchar la nada, sino también, la exposición de un cuerpo en relación con la naturaleza: las “garras acariciando la roca”. Ahí, en la imagen, el chillido inarticulado. Acaso sin saberlo, Hegel devuelve a la naturaleza plumífera y a los hombres degenerados del Nuevo Mundo, la figura ctónica de las sirenas (esas plumíferas cantoras). Por esa vía, el refinamiento latinoamericano no estaría propiamente en el canto sino en las plumas. De ahí que la literatura del cambio de siglo imagine el sidario como una colonización en la cual los sirenos son nuevamente desplumados: “La plaga nos llegó como una nueva forma de colonización por el contagio. Remplazó nuestras plumas por jeringas, y el sol por la gota congelada de la luna en el sidario” (Lemebel, Loco afán). Por esa vía, el chillido in-articulado del canto “impotente de Espíritu” (Hegel) no se relacionaría con la articulación del lenguaje sino con el balbuceo, y por eso, con la materialidad vital de un cuerpo. Las sirenas son voz, no lenguaje.

   Como vemos, la imagen de América Latina (de sus pájaros y hombres degenerados, en este caso), readquiere (redime) el Nuevo Mundo bajo estrictas cualidades ctónicas que bien nos recuerdan a las primigenias sirenas: es decir, a la impotencia espiritual, a la materialidad de los cuerpos (las plumas), al sonido in-articulado (el canto y el chillido) y al llamado de la tierra (Brasil, las rocas).

 

[1] El texto original de Hegel es Vorlesungen uber die Philosophie der Geschichte. Dichas apreciaciones son realizada en su Introducción en un capítulo titulado Die Neue Welt. Realizamos estas aclaraciones puesto que las traducciones titulan el texto de diferentes maneras: como Lecciones o como Conferencias, de la filosofía de la historia (a veces adicionan universal, y otras veces no). Del mismo modo, algunas “Introducciones” no consignan el apartado Die Neue Welt. Hay muchas disquisiciones respecto de la traducción de estas citas de Hegel. Enrique Dussel ha realizado diferentes estudios filosóficos revisando estas cuestiones. Ver, por ejemplo, “De la ‘invención’ al ‘descubrimiento’ del nuevo mundo” en El encubrimiento del otro (1992).

[2] Citado de Antonello Gerbi (1950). El capítulo “Hegel: América inmadura” del apartado “J) Los aborígenes americanos”. La referencia consignada por Gerbi es Enzyklopädie, 345 Zus.; vol. VII, 1ª parte, p. 489.