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EL ARTISTA ANIMAL

Juan Melero

   Primera impresión: La búsqueda del placer no invalida la perspectiva crítica. Viajan de hecho, en esta obra, sin separarse. Es sabido que en los conventos de la intelectualidad laica y no laica se insiste en que sólo un disimulado masoquismo de las formas puede dar acceso a la experiencia que nos revela. Es cierto, hay que decir, que intentarlo por fuera de ese dictado puede carecer, en la mayoría de los casos, de toda consistencia artística.

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Entonces podemos preguntarnos por qué Leo Serial insiste en un camino tan desestimado, vilipendiado, y en último caso difícil. La respuesta indica hacia una fascinación por la naturaleza. No la naturaleza inconstatable de la mente humana, sino la naturaleza incontestable del globo ocular, su capacidad de viajar sobre líneas y colores, vengan de donde vengan, del ojo a la mente y de la mente al ojo. Algo sigue mensajeando desde su placentera figurabilidad.

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Segunda impresión: Estamos ante el trabajo de un artista animal. Uno de cacería. Suele estar echado, divagando entre los serrines que pueblan el aire y las señales tenues del cuerpo satisfecho. Pero un indicio lo despierta con picos de adrenalina y la imagen resulta capturada. Como el rapto es veloz, la imagen casi no sufre: deja un cadáver hermoso. Después el artista vuelve a cierta calma, las pupilas a un tamaño normal, y va pintando, con lentitud estudiada. Así es como en esta obra conviven dos tiempos, la captación súbita y la ejecución paciente. 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Tal cosa, por supuesto, se apoya en una técnica. Se desliza sobre ella. La técnica parece algo concreto, y lo es, pero resulta importante notar los componentes abstractos de una técnica. La construcción imaginaria de un aparato que guía la emoción/pensamiento como si fuera un curso de agua. El artista lo construye a lo largo de su vida y lo va modificando. La concepción y ejecución de la obra se apoyan en este circuito ideográfico, que les aporta algo de seguridad a su existencia. 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   El artista sin embargo lo sabe: ese tobogán de transparencia que es la técnica, no sólo es imperfecto y falla de vez en vez, sino que puede volverse un conjunto inútil, una nube de mosquitos, un paisaje de recuerdos trillados. No existe, por eso mismo, algo menos seguro que el arte.  

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Leo Serial lo sabe, lo recuerda. Que por razones intrínsecas y externas, volverá a encontrarse cualquier día en un espacio estético que, al medirse con la técnica, dejará a esta carente de sentido, disociada, divergente, fuera de pista. Para eso sirve el artista animal, para supervivir el momento pre-lingüístico, cuando la realidad vuelve a ser indiciaria. 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Tercera impresión: Todo lo anterior viene a decirnos, sin sorpresa, que esta obra es corpuscular. Está entre el dibujo y la pintura, entre el arte callejero y algunas tradiciones antiguas, entre el aforismo y la novela, entre la línea de firmeza técnica y la de temblor existencial.

 

   Y no más palabras, ya que el artista animal las aprecia sólo hasta cierto punto: no les consiente el vicio. Prefiere sospecharlas y si es posible, hacerlas retroceder un poco, como en la felicidad auténtica. 

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