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CAMPO DE APARICIONES

Carlos Surghi

A partir de cierto punto no hay retorno.

Ese es el punto que hay que alcanzar.

 

Franz Kafka

 

 

 

Consideraciones al intentar una traducción de Wallace Stevens.

   La poesía es traducir recuerdos a la constancia de un ritmo.

   La similitud está en que los recuerdos son tan inciertos como la procedencia misma de la música.

  La vida es un campo de apariciones involuntarias, irracionales, pero que hacen a la continuidad del poema en tanto que recuerdo hecho ritmo.

   Sin lo involuntario, el capricho súbito o la desesperanza fatal, sin nada de esto no existiría la imposibilidad misma del poema; ello hace a su misteriosa existencia como artefacto de un creador que siempre se sustrae.

 

   La vida transcurre entre obstáculos que primero son simbólicos y luego se convierten en estructurantes. Del mismo modo procede el método poético: todo fantasma se hace de una voz.

 

   La extrañeza es el valor poético.

 

   La extrañeza es principio del misterio.

   Si una frase, un estado de ánimo, un clima en el paisaje que nos rodea produce extrañamiento –como ahora lo hace la batiente de esta ventana que parece movida por la luz del atardecer que entra desde el vacío infinito del campo– esa misma conjunción súbita produce también un acercamiento a lo poético. ¿Por qué? Tal vez lo poético sea la oscuridad y la transparencia de la primera mirada. La permanencia en lo imposible de toda mirada.

 

   No hay vida por fuera del extrañamiento.

 

  Tal vez el poema sólo sea tiempo que busca volverse el lugar en las palabras, en la música que pueda llamar, el ritmo en el cual se sostenga. Pero que desee ser significa que ese deseo es imposible: “There may be always a time of innocence. / There is never a place. Or if there is no time, / If it is not a thing of time, nor of place, // Existing in the idea of it, alone, / In the sense against calamity, it is not / Less real” (Siempre habrá un tiempo para la inocencia. / Nunca un lugar. O si no hay un tiempo, / Si no es cuestión de tiempo, tampoco de lugar, // Que exista solo por esta idea, / En sentido adverso a la calamidad, no es por ello / Menos real). El poema entonces es un deseo imposible de lugar para el tiempo; un principio para el filósofo que en realidad es un convencimiento del poeta: “Fort he oldest and coldest philosopher, // There is or may be a time of innocence / As pure principle” (Para el más viejo y frio de los filósofos, // Hay o debería haber un tiempo de inocencia / Como principio puro).

 

   Recordamos porque buscamos completar un sentido perdido. Luego olvidamos porque el presente también está lleno de cosas perdidas.

         

   Volver al pasado es volver a lo seguro. La poesía templa el carácter al iluminar el misterio de dónde venimos. Siguiendo a Nietzsche, siempre en el origen hay confrontación.

   La melancolía, la felicidad, el asombro y la distancia templan el carácter, lo conducen hacia la inteligencia sensible que es ironía y profundidad en todo lo que decimos.

 

   Lo romántico es extraño, pero también lo simple –¿lo clásico?– es extraño.

   No se extraña lo que se tuvo, si no aquello que se desconoce.

   La forma no extraña al contenido, más bien lo disuelve en una indistinción entre lo imaginario y lo referencial.

   No se debe hablar sobre lo que se está escribiendo, da idea de pedantería. Esa es la diferencia entre poetas y narradores. El silencio es más que humilde. Contra la pedantería el menosprecio de sí es menos pedantería.

 

   Publicar poco, ocultar o hacerlo casi de un modo secreto, pasar por la pesadilla de toda traducción. O escribir tardíamente la gran obra, pasado los cincuenta años, quién sabe. Pero sí dar la impresión de que lo escrito siempre estuvo ahí, por encima de uno, se hizo solo, en medio de una desconocida adversidad que, sin embargo, lo condiciona todo.

           

   El verano está lleno de contemplaciones porque uno no hace nada, y en verdad, cuando uno no hace nada, hace todo.

 

   Cosas extrañas que pueblan el verano: los árboles de noche y a cierta distancia iluminados en sus copas por la palidez de la luna; una pileta vacía, repleta de agua quieta, el leve viento que baja la temperatura y lo baña todo de una felicidad inconfesable. El olor de los caballos, el color blanco de la aurora. Pero, ¿qué son todas esas cosas si no hacen al poema?

   No hay confesión posible en un poema, sólo invención.

   Los recuerdos, aún los más fieles a aquello que recuerdan, son invención.

   El que recuerda también destruye como el que olvida.

   ¿Quién soy? Una pregunta imposible de hacer, y por lo tanto extraña, propia para el comienzo de un poema que marca otros comienzos en otras zonas extrañas que lo pierden a uno de vista –como cuando decimos ¿qué extrañas decisiones tomamos en el camino para llegar adonde hemos llegado?

 

   Las formas fijas son andamios al impulso creativo que ligero se precipita hacia lo más claro del aire que todo lo envuelve. Las formas libres son el aire mismo.

   Las sentencias, los aforismos, los ritmos llevaderos de la prosa, los raptos del pensamiento no tienen fin; son una irónica forma de totalidad para lo infinito del mundo que no se devela más allá de esos instantes.

   Un recuerdo es un bloque de niebla, de repente nos envuelve.

   Recordar: entrar en lo extraño del tiempo presente asaltado por el pasado.

 

   Recordar es “Farewell to an idea… A cabin stands, / Deserted, on a beach. It is white, / As by a custom or acording to // An ancestral theme or as consequence / Of an infinit course” (Desprenderse de una idea… Una cabaña, / Desierta, en la playa. Es blanca, / Según la costumbre o conforme a // Un tema ancestral o a consecuencia / De un curso infinito).

 

   Como los románticos alemanes, lo breve, lo inconcluso, lo fragmentario: un absoluto tanto humano como divino en cuanto a las expectativas y las posibilidades del deseo; pero por sobre todo, perezoso y vago, un absoluto más acá y no más allá de una pieza de alquiler, una rutina, un sofocamiento cotidiano.

 

   Aparecemos y desaparecemos misteriosamente sobre este campo de apariciones.

   Una traducción feliz es una espera por la aparición.

 ¿Es la mañana un estado de excepción a todo lo que nos rodea? Lo increíble, tomado por el extrañamiento como objeto o tema, se vuelve creíble.

   Figuras identificatorias: el distante, el irónico, el holgazán, ¡el que no tiene que ni siquiera pensar en ellas para impostarlas por delante de él y así disimular rastros de seriedad alguna!

  Aquello que disipa lo real: el gradualismo en los colores como matices de un estado del alma o simplemente la predisposición anímica de quien mira –en todo caso lo anímico es más propenso a correspondernos que lo espiritual de un posible estado-de-alma.

 

   El aforismo vuelve sobre lo mismo: el rapto de una idea, la inquietud, las reiteraciones enigmáticas en el ánimo. El ritmo deja atrás lo mismo: se introduce en lo inmotivado, lo asombroso, el verdadero rapto de lo anímico sin mediación alguna.

 

   El ánimo es el ritmo con el que deseamos, observamos, pensamos y experimentamos la desdicha y la felicidad. El suspiro, el refunfuñar, las exhalaciones voluptuosas no son más que figuraciones, señales, ruidos de la interioridad y límites a ésta misma entre un presunto adentro y afuera.   

 

   No traducir un poema, revivirlo, volverlo aparición.

 

   ¿Por qué es soportable la vida? Porque el misterio la aleja de nuestra comprensión, la sustrae de nuestros actos, la protege de las obstinaciones que nos aniquilan.

 

   Un poema no es resultado de felicidad o desdicha, un poema es un objeto extraordinario.

 

   Sí, objeto extraordinario; pero indistinto a lo material y lo sentimental de su realización.

 

  La pregunta que una y otra vez reitera la poesía frente a lo que cambia, lo que asombra, lo que hace presente el acto de pensar que niega el mismo pensamiento: ¿qué ha pasado hace un instante y en la eternidad?

  Lo interior es forma, es espíritu. Lo exterior es el campo de apariciones para el espíritu que en ese instante se reconoce como ánimo, se vuelve aparición.

 

   Lo que sale bien una vez no se lo debe repetir; la forma debe extrañarlo en un constante retorno de lo mismo.

 

   El estilo es como el ánimo: inquieto, cambiante.

   La fórmula no es la forma.

 

   “The scholar of one candle sees / An Arctic effulgence flaring on the frame / Of everything he is” (El estudiante con la vela observa / Un resplandor ártico ondeando en el marco / De todo lo que él es). La aurora es una aparición; y como toda aparición que nos enseña algo del mundo, es una forma de lo extraño, la intimidación de lo que cambia.

 

   Nada constante hay en la naturaleza, salvo el cambio que es una catástrofe cotidiana.

 

   Para quienes creen que todos los días suceden cosas extraordinarias hay que decirles que no, no todos los días suceden cosas extraordinarias.

   No necesariamente lo extraño es extraordinario. Aunque no puede prescindir de nuestra sorpresa. 

   ¿Qué ha pasado? –dice el poema que mira, escucha, imagina alrededor y por detrás en su ubicuidad de atender a todo cambio afirmándolo y negándolo.

 

   Misterio también de lo vivo, pero en el ritmo que lo sostiene al hacer de lo sucesivo algo totalmente indiferente; o al hacer de lo monótono algo necesario; al hacer de lo asombroso algo ágil e inexplicable, como si existiera realmente “un hilo / que enhebra el resplandor, / la nostalgia, lo ajeno, el escozor, / el vacío entre las manos”.

   De asaltos súbitos está hecha la atención que evidencia toda composición poética; o también de una tensión que concluye en desfallecimientos a los que insistimos en llamar iluminaciones. Un pájaro es recelo y fascinación ante lo leve, su pluma en el aire: la vanidad misma. Pero más allá veo ahora yuyos que crecen en el abandono total. ¿Qué son más allá de un momento de distracción? Presencias tutelares a nuestra ausencia. Tal vez nada es lo que es y es todo lo que puede ser. Ahí está entonces el asombro que permite decir “el instante / está lleno y vacío a la vez, como un pez / que boquea y respira. / La ilusión / de realidad-irrealidad conspira, / parpadea, y nos mira”.

 

   ¿Qué diferencia hay entre los pastores de Virgilio y estos trabajadores rurales que hoy están aquí y mañana allá y que veo por azar, por distracción, por fortuna del ocio en casi un mes de no hacer nada e insistir en una traducción? En sí ninguna. La distancia, lo anecdótico, el entorno histórico y demás afinidades son irreales para la inteligencia poética. Si en ella hay una verdad es resultado de la mera asociación brutal y compulsiva.

 

   La infancia, la adolescencia son lugares propicios para reinventarlos desde sus propios restos.

   La poesía trae desde el pasado un impulso que en su propio tiempo fue desatendido.

 

   En sí la infancia y la adolescencia son tiempos del fracaso; hasta que la poesía los rescata para sí misma y los eleva a materia del extrañamiento.

 

   Lo lejano es contemporáneo.

 

   Lo presente es indiferente.

 

   Lo pasado no es todo, es apenas intuición.

   Lo extraño es la condición para el tiempo que merecemos. 

   La seguridad en sí mismo es lo fundamental: entonces escribir antes que hablar, la aventura de un verso antes que cualquier otra aventura.

   La escritura se define por lo escrito, como la sombra de unos árboles por su encanto en verano.

 

   Mirar, atender, escuchar no es tan importante en relación a la incertidumbre de saber si todo pasa en un estado de sueño o en un estado de vigilia.

 

   Lo inexplicable de los sueños es el espesor del cual están conformados, pues es lo que anteponemos a los golpes de lo real.

   Una gran nube blanca, alta, llena de pliegues y repliegues en su forma recostándose inmensa en el cielo azul –se parece a lo inalcanzable y próximo de nuestras ilusiones.

 

   En el campo del afuera, en lo súbito de las apariciones, en un instante caemos en la absoluta profundidad interior.

 

   Una habitación sin puertas ni ventanas, eso es lo interior.

   Sí, lo más difícil de lograr es la reiteración de lo mismo pero por medio de una variación infinita.

   Ciertos temas, ciertos lugares, ciertas palabras y siempre en ellos la presencia de lo extraño.

 

   La mente es como un pájaro, anida ciertas ideas y de repente vuela más allá, a otra rama, otro nido. Cuando la idea rompe en el aire de la exterioridad, el misterio de permanecer atento desaparece.

 

   El pasado es una habitación completamente a oscuras. Entramos en él y tropezamos con formas que no distinguimos, a ciegas buscamos algo insignificante, inútil, que creemos que aún está próximo a nosotros, pero que en realidad, ha sido devorado por la oscuridad.

 

  La poesía está hecha de recuerdos –que es lo mismo que decir que está hecha del alcance de ciertas invenciones, elementos fabulosos pero totalmente inútiles.

 

   Recordar es un acto de creencia en el realismo. ¿Quién recuerda la infinita variación del color verde en las hojas de los paraísos del campo o la orientación de las agujas de un pino al cambiar el viento del oeste? El que recuerda recorta una continuidad de sensaciones que provienen de la experiencia, y las extraña en la forma, que es de algún modo la distinción que el ánimo otorga a la materia.

 

   La distinción hace a lo singular. Es trabajo del artista.

 

   La vida interior es apenas un instante súbitamente iluminado.

 

   La vida interior es esa misma oscuridad que desea el instante iluminado.

 

   Todo es vida interior. Todo está expectante del instante de iluminación en la oscuridad.

   Lo profundo no siempre es grave ni sublime. Lo profundo es lo apartado por singular.

 

   La vida interior irradia hacia la totalidad de un afuera. El instante iluminado muestra esa totalidad.

 

   ¿Qué tono, qué color, qué duración para la interioridad? “Here, being visible is being white, / Is being of the solid of white, the accomplishment / Of an extremist in an exercise…” (Aquí, ser visible es ser blanco, / es ser solidez de lo blanco, el logro / De quien llega a la cumbre en su composición…). 

 

   Huimos del cambio, primero paso a paso, luego corriendo, pero el cambio es un látigo infinito, un lazo cuya circunferencia es absoluta.

 

   El extrañamiento es la revelación de la estructura irracional del cambio.

 

   Al mismo tiempo el poema es permanencia y transformación, afirmación y negación; como lo religioso: fe que se sostiene en el absurdo, creencia que sólo puede ser entendida por medio de lo paradójico. El poema es una sustracción fantasiosa a la que nos entregamos.

 

  La forma –en tanto que incierta, imprecisa, inacabada, fragmentada– es el espejo al espíritu del romanticismo; un espejo trizado de fondo negro donde el mínimo reflejo enceguece.

 

   El poema avanza por caminos que son propios del lenguaje; y de repente llega a un recuerdo, algo singular, lo que hace que se detenga justamente en la imposibilidad de un más allá para el lenguaje.

 

   Lo ambiguo, lo sugestivo, aquello que en el poema es resonancia incierta, conduce hacia lo concreto-sentimental.

 

   Voces, sonidos, palabras como un gran corredor por donde pasa el viento; y de repente, una amplia habitación iluminada por una presencia invisible, la imagen que en el poema es su centro a la casa deshabitada.

   Un poema es una reconstrucción de lo revelado.

 

  Lo sentimental es voluptuosidad; lo compositivo azar. El valor de lo real es entonces negativo en el poema; el poema es un lugar para la continuidad extrañada del lenguaje.

  

   El continuum es más allá; un más allá a nuestro alcance.

 

   La poesía no se ve, existe, es invisible, pero se hace presente. Le alcanza con un instante en el cual ilumina la habitación oscura del lenguaje.

 

   Lo concreto-sentimental es el primer estadio del poema; pero no es el poema en sí, más bien es un estado de atención, algo que se resuelve en su inicio de un modo súbito: oír, ver, malinterpretar. Ahora bien, el poema propiamente dicho viene con el rapto de los sentidos que es un estadio superior y que conduciría a un conocimiento-abismado. 

 

   Lo imposible de reducir en el poema es la pregunta por el ¿qué pasó?, ¿cómo fue?; que por cierto, ninguna de estas anotaciones lograría reducir si por detrás de ellas trabajara realmente el misterio como un agente secreto. 

 

   Una vida poética debe ser como la vida de un agente secreto. Se trabaja para el misterio, se trabaja para el enigma.

 

   El poema es apenas el instante de un absoluto que sólo por ser tal, nos ignora. 

 

  Hay algo irresuelto y a la vez determinante en estas consideraciones que asedian, rondan, persiguen y finalmente dejan escapar su tema. Pero, ¿cómo –diría quien las lee– si son justamente para hacer próximo el misterio? Pero, ¿cómo hacerlo de otra manera que no sea acrecentando su condición escurridiza? –le respondería el agente secreto que vela por su cumplimiento siempre postergado.

 

   ¿Qué hay de extraordinario en un recuerdo? Absolutamente nada. Lo extraordinario es hacer de él una forma sensible que nos trascienda y nos extrañe hasta a nosotros mismos.

 

   Como la vida el arte no puede prescindir de desprendimientos involuntarios: el olvido, la distracción, los accidentes súbitos trabajan en secreto.

 

   Quien se aplica a consideraciones vagas o precisas, pierde lo intempestivo de la espontaneidad. Quien acepta la contemplación desinteresada –que es un eufemismo de la holgazanería– disuelve cualquier atisbo de gravedad en el desenfado de su mirada. Toda consideración entonces no es más que una distracción cavilada.  

   Cierto poder de la poesía hace prescindir de comentario alguno para explicar su naturaleza. Es la densidad, la condensación, la capacidad de darse a sí misma una conciencia suprema –como en este verso de Stevens que me detiene en la traducción, no por dificultad sino por asombro: “This is form gulping after formlessness” (Esto es forma aliviando la ausencia de forma), lo que efectivamente nos hace creer que nos encontramos ante una alta elaboración espiritual.     

 

   La poesía asombra a la vida.

 

   La vida como asombro es una invitación a hacer de nosotros la aparición del constante-elogio.

 

  El constante-elogio es el ritmo sostenido del poema, su religiosidad sin fe, el evangelio pagano de su revelación sin dios.

 

   ¿Hacia dónde va? ¿De dónde viene el influjo que asombra? Eso que está ahí, los álamos que alguien mira, ahora develados por una sonrisa oculta, pero más tarde evasivos por una sombra sobre ellos, cualquier cosa, lo que va a ser constante-elogio mientras dure. ¿Mientras alguien lo mire? ¿Le dé la posibilidad de mostrar su ritmo como una atmósfera de vapor que se expande? Ahora cierro los ojos. ¿Sigue ante mí? ¿Lo rescata de esa oscuridad en el mundo una imagen en la oscuridad de la mente?

 

   La culminación de un poema está en él pasado. Así como su significado en el futuro. 

 

   La más profunda, la más intensa, la más bella conmoción interior que puede entenderse como un rapto de los sentidos, no tiene necesariamente ninguna relación con el lenguaje.

 

   Escribir: resolver –¿o revolver?– una nebulosa interior.

 

   Escribir: intento de otorgar a algunos fenómenos pasajeros cierta existencia, cierta duración permanente.

 

   La vulgaridad es sutileza; la profundidad, un falso saber.

 

  La irrupción del agente secreto como conciencia de aquello que nos rodea es un signo evidente del trabajo que ejecuta el misterio.

 

   Un poeta es una agente de ese misterio.

 

   Lo increíble antes de ser agentes secretos es que las pocas cosas que vamos conociendo, poco a poco y de un modo sostenido, incrementan más y más la suma infinita de aquellas que desconocemos.

   

   Hacia la segunda consideración de lo sublime en Longino se dirigen estas consideraciones: vehemencia y entusiasmo en lo patético-emocional por sobre lo elevado.