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AQUARIUS: EL HOGAR COMO ESPACIO DE ARCHIVO 

Sofía Dolzani

De una casa sólida

pasé a ser un terreno baldío.

Donde hubo paredes

ahora hay escombros.

 

No sé cómo pasó.

 

Estela Figueroa

 

 

 

 

   La película brasilera Aquarius, estrenada en el año 2016, bajo la dirección de Kleber Mendonça Filho, trabaja alrededor de una serie de problemáticas correspondientes al Brasil actual. Entre ellas, la disputa territorial entre las inversiones promovidas por el sistema neoliberal y los restos de construcciones de viviendas que no se adaptan a la estética instalada desde este paradigma mercantil. Narra, además, las relaciones entre espacio y memoria familiar, como así también los problemas que atraviesan la vida de los sujetos en la vejez. Tópicos, de este último punto, que abren aristas hacia cuestionamientos que van desde la soledad vivida una vez fragmentada la familia hasta los deseos sexuales en la edad madura de una mujer.

   Así, la película se centra en la historia personal de Doña Clara, una ex-periodista, ya viuda, que vive en un departamento del edificio Aquarius y que se encuentra luchando contra los problemas que le trae una empresa constructora, cuyo proyecto es la demolición y readecuación del edificio. Doña Clara defiende y desafía a la constructora rechazando las grandes ofertas que se le ofrecen, con un carácter firme y decisivo: ese apartamento que la empresa quiere comprar para así poder llevar a cabo una remodelación que incluya ventanas espejadas y paredes vidriadas, es su casa, su hogar, y el lugar donde su familia –su tía, sus hijos, ella misma– han vivido. En este sentido, el edificio Aquarius no sólo es concebido en términos de mercancía, sino como un espacio que archiva una serie de relatos y memorias de la familia de Clara, que van desde la historia de su tía militante hasta la infancia de sus hijos. Esas memorias son las que marcan decisivamente la actitud de Clara frente a las ofertas, e incluso frente los argumentos de sus hijos a favor del abandono del lugar. Pero Doña Clara se aferra: no va a dejar que estos nuevos diseños “de fachadas integrales livianas” destruyan la memoria guardada en ese lugar; no va a permitir que la estética impuesta por este sistema social y financiero atente contra la importancia de una memoria íntima –que es, en última instancia, intraducible en términos monetarios– archivada en un espacio físico concreto.

   Los únicos capaces de comerse la memoria y la testarudez de Doña Clara son los bichos. Las termitas que la empresa constructora oculta en un sector del edificio para que, de a poco, vayan acabando con la construcción. Pero Clara las descubre. Y es ese mismo panal de termitas el que acaba en la oficia de la empresa constructora junto con la abogada y algunos familiares de Clara al momento de demandar justicia. Son los bichos, imagen con la cual la película cierra, el elemento que permite aunar el discurso familiar y el legal en un reclamo potente generando una posibilidad de enfrentarse al sistema empresarial del mercado capitalista. Son los bichos, en suma, los que, al mismo tiempo que funcionan como amenaza, dan lugar a la denuncia y a la posibilidad de guardar y conservar ese lugar de memoria familiar de Doña Clara.

   Ahora bien, considerar el hogar de Clara y el edificio Aquarius en términos de archivo es comprender la posibilidad de destrucción que lo condiciona, y con ello el empecinamiento en su resguardo por parte de Doña Clara. Ya que si se insiste en proteger, en (res)guardar algo es porque se tiene miedo de perderlo, y es ese miedo a la pérdida el que moviliza el deseo de guardado. Se guarda, pero en el mismo acto de guardar se somete el aquello que se guarda a la posibilidad de destrucción y de olvido. Es de esta forma que la figura de Doña Clara deviene la guardiana del archivo que es el edificio Aquarius. Un archivo que puede someterse a la destrucción y que, con su pérdida, potencia la posibilidad de que se diluya en el olvido una historia familiar, un relato íntimo, pero también la constitución subjetiva de la ya vieja Doña Clara. Porque Clara sabe –o podemos y decidimos creer que sabe– que si se va de ese lugar haciendo caso sumiso, su memoria puede caer en el olvido. De manera tal que el edificio como archivo instala la problemática no sólo en lo que refiere a la posibilidad de un objeto de constituirse como objeto de memoria, sino también el hecho de que hay objeto porque la vejez atenta contra la memoria del sujeto. Doña Clara, que se encuentra en años maduros, podría olvidar la historia de su familia y su propia historia si no fuera por el edificio Aquarius, por lo que ese lugar, no es únicamente un espacio de memoria sino el soporte de la memoria de Clara. Un soporte frágil que puede ser eliminado por los grades monopolios empresariales, que imponen un modelo arquitectónico para las ciudades costeras pensadas para el turismo, si no hay un protector que lo resguarde.

NO ES MÁS QUE UNA CASA

 clavada en el suburbio.

 Una casa con su techo sus paredes

 sus ventanas y sus puertas. Su historia.

   Así comienza un poema del libro Máscaras sueltas de Estela Figueroa. Una casa, un hogar, conserva más allá de los elementos materiales, su relato y es eso lo que la película Aquarius trata de señalar. Es que en una casa confluyen las disputas tanto íntimas como sociales cuando de su destrucción de trata. ¿Por qué derrumbar y remodelar un edificio con gente que todavía lo habita? ¿Con qué criterios se hace eso? Y, en última instancia, ¿qué se pierde y qué se gana con esto? La película es lo suficiente clara al respecto y por eso actúa como denuncia frente a un paradigma que busca imponer una estética neoliberal y homogeneizadora, borrando todas las posibles marcas locales que se inscriben en los espacios urbanos. Atacar, entonces, este sistema supone en el film volver a los bichos. Los bichos, ese elemento natural es el que irrumpe en el proyecto modernizador propuesto por la constructora. Ese elemento que busca refrenar todo intento de imposición total de un paradigma cultural y económico importado. Los bichos y la vieja Clara son la verdadera plaga que ataca a la constructora.

 Molesto.

 Zumbo.

 Pico.

 Soy como el mosquito

 cuando me enamoro

 

 Será por eso

 que me cierran las ventanas.

   Con estos versos del poema “Bichos en la casa” cierra Estela Figueroa su libro A Capella. A Doña Clara también casi se le cierran las ventanas, las puertas. La película deja inconcluso qué pasa finalmente con la casa de Clara, pero culmina con esta escena: Doña Clara reclamando -molestando, zumbando, picando- con un panal de termitas en las oficinas de la empresa constructora.

©PRÄUSE, 2018